miércoles, 24 de junio de 2009

EN LOS BASURALES. (6) Muros y paredes de colegio

En la zona de los asentamientos humanos hay varios colegios: cuatro estatales y dos privados. A primera vista puede parecer que los colegios son los mejores edificios, pero examinados más de cerca esta impresión se desvanece. En realidad, son dispares en cuanto a construcción se refiere. Basta observar los dos colegios situados en los primeros asentamientos. Uno está rodeado por un muro, pintado de color crema, con una gran puerta metálica. El otro sólo está a medio amurallar: si se va al colegio por la parte alta hay que toparse con un muro y su portalón, si se llega desde la carretera, o sea, desde abajo se accede libremente. El amurallado tiene un patio asfaltado y un pequeño anfiteatro con su escenario –estrecho y alargado- y sus gradas al fondo. El medio amurallado no tiene nada de eso. Ambos colegios tienen retretes para niños y niñas. En el amurallado se usa uniforme azul marino con camisa blanca; en el otro, ropa de calle.
 
El colegio amurallado ha sido recientemente reformado –sólo en parte-. Cuenta con dos pequeños pabellones de dos plantas y con otros de una sola planta –dos o tres aulas en cada uno de éstos-, también con algunas casetas. En el interior del recinto, sobre el anfiteatro, en su muro de color crema hay diversas pinturas a gran tamaño con retratos del “Che”, Cristo y campesinos con el traje típico. También se puede leer en grandes letras “Institución Educativa” (es como allí lo llaman pomposa u oficialmente) y después el nombre del colegio, que es en honor de un célebre señor del cual también hay otro retrato.
Las aulas de este colegio, a pesar de la reforma, están bastante deterioradas, algunas presentan aspecto cochambroso. Por supuesto que no hay calefacción ni estufa, pero, además, en muchas ventanas faltan cristales por lo que se forman corrientes y, en los días de viento, hace demasiado frío en las clases. Los encerados suelen estar pintados en verde o negro sobre la pared, no disponen de soporte para tizas ni cepillo –nunca hay cepillo-. La papelera es una caja de cartón. Las mesas de los niños son bajitas y de madera, las sillas también; no obstante son anchas, alrededor de cada mesa se pueden sentar cinco o seis alumnos. En otras aulas hay pupitres de madera antiguos, de los que la mesa, algo inclinada, va unida a un banco donde caben dos alumnos. Todos los muebles, hasta la mesa y la silla de la maestra, resultan viejos y deslucidos. A ello también contribuye el polvo que en los cerros del desierto es inevitable, motivo por el que la escoba y el recogedor van de clase en clase. En las paredes están las muestras del trabajo diario, del buen hacer de unos niños, niñas y maestras que se afanan en medio de la escasez. Las paredes parecen menos desconchadas cuando exhiben los dibujos, redacciones y trabajos vistosos del alumnado, incluido el precioso periódico realizado por toda la clase, con sus noticias y su editorial. En una de las aulas más pobres hay una estantería inestable con unos pocos cuentos y un letrerito arriba en el que pone: “Biblioteca”.
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