En el hospital Infanta Sofía, ubicado en San Sebastián de los Reyes
(norte de la comunidad de Madrid), durante este mes de octubre están
dando citas para realizar las endoscopias en febrero. Así que mi primo
tiene que esperar cinco meses o más para saber a qué se debe ese dolor
de estómago que no le permite comer ni dormir. Cuenta mi primo que el
dos de octubre, tras salir de la consulta de su médico, se dirgió al
mostrador de su centro de salud para que le dieran cita. La persona que
le atiende pide la cita al Infanta Sofía por ordenador o fax, no le
queda claro. Después le dice que desde el propio hospital le llamarán a
casa por teléfono para comunicarle la cita. Mi primo pregunta:
-¿Cuánto tardarán en llamar?
-No sé, pero si pasan más de quince o veinte días habría que
preocuparse, tenga en cuenta que ese tiempo es sólo para comunicarle una
fecha.
El ventidós de octubre -o sea, veinte días más tarde- mi primo aún no
había recibido la llamada del hospital para la cita. Acudió a su centro
de salud por si sabían algo. Le indicaron que no había llegado fax
alguno con la respuesta y en el ordenador tampoco había novedad. La
señora que le atiende en el mostrador asegura:
-Lo único que consta es que se ha enviado la petición de cita.
-Sí, pero ha pasado bastante tiempo. ¿Qué solución me dan?
-Si quiere le doy el teléfono del Infanta Sofía o vaya usted directamente al hospital.
"Querida prima, me lo temía. Ellos no van a trabajar para
solucionarlo; tiene que currárselo el paciente". Así que mi primo se fue
al hospital y se situó en la larga cola de espera ante el mostrador de
admisión. Llegado su turno, explicó su caso. Respuesta:
-¡Uy! Para las endoscopias tardan más de un mes en llamar. No obstante, déjeme un momento los papeles.
La funcionaria, que tardó más de quince minutos en volver, le dice:
-Si usted no viene al hospital, esta petición de cita nunca hubiera llegado aquí. Ahora le llamarán.
-¿Cuándo telefonearán? -insiste mi primo. Sólo quiero saber el tiempo aproximado.
-No sé, ya le dije que para la endoscopia tardan más de un mes en
llamarles a casa. Este mes están citando para hacer las endoscopias en
febrero.
Mi primo, un poco pesado, vuelve a preguntar:
-Si llaman en octubre, me citarán en febrero; pero si llaman dentro de
un mes -finales de noviembre o ya diciembre-, ¿para cuándo me citarán?
-No sé, pero seguro que, antes de hacer la endoscopia, le llamarán.
-¡Qué bien! Es de agradecer, más que nada porque para hacer una cosa de
este tipo es preciso conocer cuándo hacerla. -Seguidamente a mi primo le
entró una risa nerviosa.
Mi primo sale del hospital y va pensando en lo que puede suceder para
febrero o marzo o abril. "Que el agujero de mi estómago me engulla,
entonces no necesitaré la endoscopia; que me sienta bien, luego para qué
pasar por la molesta endoscopia; que tenga un tumor enorme y me digan:
¿Por qué no ha venido antes?"
Aquí, la prima, que no sabía cómo consolarle, le envía un mensaje
pelín pedante al sufrido paciente: "Querido primo, has vivido una
situación kafkiana de ineficacia burocrática en la que se extraviaron
tus datos. Te aseguraron que los habían enviado, pero no que llegaran a
alguna parte. A la vez, como estamos en España, es también una situación
de esas que Mariano José de Larra pinta en sus artículos costumbristas,
ya sabes, sobre la pereza y dejación con que nos tratan, así nos
estemos muriendo". Mi primo contesta: "Querida prima, no ha nacido genio
literario, científico ni de otro tipo que desentrañe los entresijos de
la burocracia en la sanidad pública madrileña". Sólo la elogian la
presidenta de la Comunidad y su consejero de Sanidad, pero ellos la ven
con los ojos del poder y, desde luego, no la sufren como nosotros, que
somos unos primos, nada más que eso, un montón de primos embaucados
fácilmente.
Las cinco de la tarde, salíamos corriendo del colegio, llegábamos a
casa, dejábamos la cartera y de nuevo a la calle antes de hacer los
deberes (o después, depende). Ni a merendar parábamos en casa. Bajábamos
con el bocadillo en la mano: pan y jamón, pan y chorizo, pan y
chocolate. Se jugaba por todas partes, en el barrio o más lejos: en un
solar sucio, en un barrizal, entre bloques de edificios, en cualquier
explanada. Cuando encontrábamos un muro medio derruido decíamos: "Vamos a
jugar a la muralla". Nos juntábamos para jugar a lo que fuese. Pocas
cosas hacían falta. Una goma o una comba para saltar, una pelota. Una
tiza para dibujar una muñeca en el suelo y una piedra para lanzarla
casilla a casilla. Un simple palo bastaba para marcar el campo sobre la
arena y jugar al balón prisionero. Las manos, para escarbar la tierra y
hacer un gua para jugar a las canicas. Una pared, para jugar a burro.
Era uno de los juegos más espectaculares, practicado por niños y niñas,
aunque casi siempre por separado porque los chicos eran "unos brutos".
"Una dola tela catola..." para echar las suertes y formar dos equipos.
El que hacía de madre, colocado de pie con la espalda en la pared,
sujetaba la cabeza del primero de los que formaban el burro. Éste, el
primero, se inclinaba -como un burro, claro- exponiendo su lomo; apoyado
en su trasero o entre sus piernas otra criatura se colocaba en la misma
posición y, así, hasta formar una hilera de lomos preparados para
recibir los saltos del otro equipo. A la voz de "¡Burro va!", uno a uno
saltaban colocándose a horcajadas. Si el burro no se había caído, venía
lo de "Churro, media manga, manga entera". Tenían que adivinar si se
había elegido puño, codo u hombro. Era un juego un poco rudo, pero muy
divertido. Se aprendía por imitación o porque te lo enseñaban otros
niños, como todos los juegos de entonces. Hoy los niños ya no juegan en
la calle, si acaso en verano y mientras dura el buen tiempo; después,
desaparecen. Ven la televisión y juegan en casa a la consola, la pesepé,
la deese, el ordenador y otras maquinitas. Muchas clases extraescolares
y deportes en recintos bien delimitados.
Han cambiado los tiempos, pero no se le puede achacar todo a la
televisión y a las nuevas tecnologías. Otros factores influyen pues
también han cambiado los espacios, nuestros hábitos y actitudes. La
calle ya no es un espacio inmenso donde divertirse. El espacio para
jugar se ha restringido a los parques. Estos tampoco son como antes,
ahora son recintos cerrados con muros y verjas y, dentro del propio
parque, el área infantil también está delimitado con otra vallita de
colores. Ahí se concentran los columpios y los toboganes para los más
pequeños. El mobiliario urbano para niños ha ido menguando. Han
desaparecido los toboganes altos y los columpios grandes repartidos por
el parque donde nos mezclábamos los de todas las edades. Ahora, los
pequeños, en su corralito de colorines, y los grandes, en las canchas si
es que el parque las tiene. Actualmente los niños no salen solos a la
calle, sino que van siempre acompañados de adultos: padre, madre,
abuelos, tíos, cuidadores. El miedo se ha apoderado de nosotros y ha
convertido a los niños en nuestros prisioneros. Antes nuestras madres
nos advertían para que no nos descalabráramos. Las costras perpetuas en
las rodillas. "Hija, ten cuidado, un día te vas a partir la crisma"; "A
las diez en casa"; "No cojas nada que te dé un extraño"; eso era todo
contra los peligros. Pero hoy tenemos muchísimo miedo: a los coches de
los que conducen como locos, al tráfico de drogas, a los pederastas.
Malvados que se llevan, violan y matan a los niños. Tanto miedo infunden
los malhechores, que ni a los niños se manda a los recados. El miedo se
ha llevado lo mejor que teníamos: la transmisión de canciones y juegos
populares, el sentimiento de identificación con el barrio, las
relaciones con otros niños, el aprendizaje de normas y valores desde
pequeños y, sobre todo, la libertad de ir, venir y jugar donde
diera la gana. ¡Malditos los monstruos que nos hacen sentir miedo! Ahora
los niños padecen obesidad y trastornos alimenticios, se les tacha de
egoístas y agresivos, en fin, complicados problemas. Pobres chiquillos
con teléfono móvil. Sólo perdura una cosa: la necesidad que tiene un
niño de jugar con otros niños. "¿Por qué no juegas?". "Es que Pili no me
ajunta". Pili: "Mentirosa, sí que te ajunto y te dejo 'primer'".

En nuestras sociedades tan posmodernas, y sólo supuestamente
solidarias, la documentación para hacer un contrato sigue teniendo el
apartado de letra pequeña, en la que figuran cláusulas y condiciones que
no somos capaces de leer. Se nota que es una letra microscópica hecha
adrede. A veces se usa para ella un color diferente, un gris suave o un
verde pálido que apenas destaca sobre el blanco o el color claro del
papel. Hecha aposta para dificultar la lectura y, por tanto, el
entendimiento. Para que nos cueste enterarnos. Nos obliga a forzar la
vista. Los miopes acercamos el papel, otros lo alejan, pero nadie la ve.
Es difícil leer más de dos líneas. Cuántas veces hemos deseado tener
una lupa a mano para ver qué pone. Esta letra constituye una barrera
para todos los que vemos, pero es también una letra que descarta
absolutamente a los deficientes visuales, en este sentido es una letra
discriminadora.
En nuestras sociedades, tan avanzadas, seguimos consintiendo este
oprobio, este hecho innoble, grosero y desatento. Tendría que ser al
revés: facilitar la visión, letra apta para los ojos, letra grande y
nítida para los ojos de los deficientes visuales. Parece algo tan
evidente. Puede que a alguien le parezca normal la letra pequeña o que
la justifique de algún modo, por ejemplo diciendo: "Pues que se
aguanten, no se va a gastar papel sólo para ellos". ¡Cuánto papel se
gasta para nada! Letra pequeña, letra asquerosa, indigna y humillante.
Pero el tamaño de las letras lo eligen las personas. La empresa que
diseña un contrato con esa letra tan pequeña sabe lo que hace: rebaja,
anula, discrimina. La empresa que redacta un contrato con esa letra tan
pequeña se delata a sí misma. Tú eliges qué tipo de empresa quieres
tener.
En los basurales de las lomas del
desierto, frente al gran océano, los niños padecen muchas enfermedades,
las propias de todas las poblaciones y las derivadas de vivir trabajando
con los residuos; todas ellas agravadas por la carestía de la
asistencia sanitaria. Cuando se ha nacido en esta parte del mundo,
limitada es la esperanza respecto a las enfermedades de los ojos. La
mayoría de adultos y de niños, que no ve bien, no lleva gafas. Los
contados niños que las tienen, las usan con graduaciones que ya no
correponden. No hay revisiones periódicas y, por supuesto, las dioptrías
que se necesitan tampoco se actualizan con nuevas lentes. Los modelos
de gafas son muy antiguos y de bastante mala calidad.
Una tarde de verano las niñas estaban jugando al balón. A la única
niña que llevaba gafas se le cayeron. Al recogerlas, observó que algo
faltaba. Ella -entre lágrimas- y sus amigas se afanban en buscar un
pequeño tornillo. Éste no unía una de las dos varillas con el frontal,
sino que era un tornillito que unía el propio frontal. Esta pieza, el
frontal, no era una sola cosa sino dos, es decir, se dividía en parte
superior y parte inferior. En cada extremo había un tornillito que
juntaba ambas partes. Si faltaba el tornillito de la izquierda, se
separaba el frontal y caía la lente izquierda. Con la parte derecha, lo
mismo. Era un modelo realmente extraño. Las niñas encontraron el
tornillito, se colocó en su sitio, pero el endeble metal de la montura
estaba muy desgastado; el tornillito ya no enroscaba bien. Se volvería a
caer. A los pocos días la niña apareció con la misma gafa y, en lugar
del tornilito, un trozo de alambre retorcido. Otro día la niña llegó sin
gafas y, así, ya, todos los días. Entre tanta penuria no hay plata para
unas gafas nuevas, ni montura ni cristales.
La mayoría de los niños nunca ha pasado por la consulta de un
oftalmólogo, no los hay por allí. Pero, aunque les viese algún
especialista, tampoco serviría de mucho. Hay niños extremadamente bizcos
y así continúan en la edad adulta, un mal que en los países ricos
apenas ya se ve, pero ni para eso hay plata. Las familias más pobres no
invierten en los niños con deficiencias físicas o psíquicas. No es que
los padres no los quieran o no los atiendan, es que la plata no llega
por lo que suponen que, en cualquier caso, los más débiles van a
perecer. Se necesita mucha plata para un ciego, cuidados, colegios y
profesores con conocimientos especiales. La poca plata que se tiene se
invierte más en los hijos sanos y fuertes, en los que sobrevivirán,
estudiarán y, quizá, saquen a la familia de la miseria. El resto allí
queda, a veces van al colegio, a veces, no, con sus brillantes ojos
almendrados entre polvo, humo y niebla por los cerros de basura del
desierto.
