Mostrando entradas con la etiqueta pobreza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pobreza. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de octubre de 2013

“Este invierno 1 de cada 10 familias no va a poder encender la calefacción porque no puede pagarla”

El jueves 23 de octubre a las ocho y media de la tarde en la Puerta del Sol se realizó una concentración contra la pobreza energética convocada por los siguientes colectivos:Plataforma por un Nuevo Modelo Energético, Asociación de Ciencias Ambientales, CECU, Fundación Renovables, Asamblea de la Plaza de los Pueblos (15M), Acción en Red, Sodepaz, SETEM MCM y Asociación de Vecinos de Orcasitas. En esta acción, que tuvo lugar igualmente en otros catorce pueblos y ciudades de España, los asistentes se abrigaron con mantas y encendieron velas para simbolizar la precariedad por la que atraviesan “un 10% de familias” que carecen de recursos para cubrir sus necesidades básicas de energía. Sobre las mantas, por la parte de la espalda, algunos de los congregados en Sol habían prendido un cartel en el que se leía: “Este invierno 1 de cada 10 familias no va a poder encender la calefacción porque no puede pagarla”. Según testimonios procedentes de Cáritas y otras organizaciones no gubernamentales, relatados por los convocantes en la propia concentración, algunas familias ya no piden estufas para pasar el invierno porque no pueden pagar la energía, sino mantas y velas. También se dijo que las personas con escasos recursos están demandando conservas y comida precocinada a los bancos de alimentos porque no pueden permitirse cocinar en casa legumbres crudas. Se denunció que los niños no pueden asearse con agua caliente y que para las personas mayores vivir sin calefacción supone un deterioro de vida.
El número de asistentes fue pequeño a pesar de la gravedad de lo que se denunciaba y de que cada nueva subida de la luz nos afecta a todos. Se situaron a un lado del “caballo”¾estatua ecuestre de Carlos III¾ y formaron un círculo de dos vueltas en cuyo centro se sucedían los oradores. La pancarta más grande la sujetaban en sus manos, sin palos en lo alto, dos personas y en ella se leía un texto extenso: “Boicot: Iberdrola, Endesa, Unión Fenosa, Gas natural, Enel Viesgo, HC Energía. Nos mienten, nos roban, nos insultan. ¡Basta ya! Pueblos riquísimos en recursos naturales viven en la extrema pobreza. Pueblos indígenas, desplazados estamos pagando sus negocios. Infórmate, cámbiate, boicot”. Así pues, la protesta no se refirió únicamente a la carestía que se padece en España, sinotambién a los grandes estragos que producen los oligopolios a nivel internacional.
Durante la concentración se procedió a leer el manifiesto, a repartir octavillas y a colocar las velas en el suelo en el interior del círculo. Había dos furgones y un coche de la Policía Nacional. Los agentes no llevaban casco puesto pero vigilaban muy de cerca la acción. A la media hora de haber esta empezado, los policías llamaron a uno de los portavoces, quien, tras conversar con ellos, se dirigió a los concurrentes para decir que quedaba desconvocada la protesta. En el corrillo se murmuraba: “Es que no se ha pedido permiso”. No obstante, la gente no se iba porque una señora mayor dijo que iba a hablar Jorge, un joven ingeniero bilbaíno que está en huelga de hambre en Sol para pedir que dimita el Gobierno y cambien las cosas. Jorge fue llevado por la anciana al interior del círculo, pero apenas se le oía. Acabado su discurso, los congregados gritaban “Gobierno dimisión” y “Sí se puede”.Seguidamente, dos policías pasaron al interior del círculo. Algunos empezaron a vocear “¡Basta ya, de estado policial!”, pero otros comenzaron a dispersarse por la plaza. Cuando los agentes salieron del círculo aun quedaban unas pocas personas silenciosas y tranquilas alrededor de las velas. En fin, mucho celo para cuatro gatos.
Principales reivindicaciones
En una de las octavillas que se repartieron se denuncia la reforma energética del Gobierno porque no resuelve los dos principales problemas del modelo energético español: “la dependencia de la importación de combustibles fósiles y uranio” y “el control de la política energética por parte de un oligopolio empresarial”. También se enumeran cuatro principales reivindicaciones:
1. Que la política energética responda a los intereses de la sociedad, estableciendo mecanismos de participación ciudadana para la toma de decisiones, empleo local y soberanía energética.
2. Que se promueva un modelo energético solidario, que incluya un bono social de energía para las familias con menos ingresos y que se elimine de la actual reforma la posibilidad de cortarle el suministro de energía a hospitales y colegios por impago.
3. Un modelo energético limpio, que aproveche las fuentes de energía renovables, también a nivel doméstico, y fomente el ahorro y la eficiencia energética (la rehabilitación de edificios es imprescindible).
4. Que se fomente el autoconsumo y se derogue el ‘impuesto al sol’”.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

NAVIDAD. El ansia de tener

Una señora había preparado la chocolatada con leche, cacao, azúcar, canela y clavo. Algunas mujeres y un hombre vinieron a partir el panetón y a colocarlo en unas cajas para poder transportarlo hasta el colegio donde se estaba celebrando la fiesta de Navidad. Las gradas del pequeño anfiteatro estaban llenas de chiquillos, madres, abuelas y perros. Teatro, villancicos, bailes sobre el estrecho y alargado escenario. Actuaciones improvisadas, sin coordinar, chapuceras. El cielo encapotado, contaminación y polvo en el aire. Un calor insoportable. No tenía mucho sentido la chocolatada caliente, tradición importada de los países ricos, países del Norte. En el descanso de la función se comenzó a repartir junto al panetón. Navidad tropical, calor del chocolate, sudor, sed. Agobiante. Se reanuda la función. Una adolescente cierra el acto entonando una canción en una lengua indígena. A través del altavoz se anuncia el reparto de regalos.
Una mujer rica había donado regalos para noventa niños. Se les llamó por nombre y apellidos. Las criaturas se colocaron en fila para pacientemente esperar su regalo, un regalo seguro. El resto de niños permanecía en las gradas aguardando también la llegada de un regalo. Se habían comprado regalos baratos para así poder repartir más, pero no se había previsto -porque allí nadie prevé- que se presentaría toda la comunidad.
Verano tropical, gris, asfixiante. Sudor, calor y mucha sed. Comienza el reparto, ahora sin nombre ni apellidos. Cada monitor repartiría un tipo de regalo: 1) para los pequeñitos (de tres a cinco años); 2) para los niños; 3) para las niñas; 4) para los adolescentes. Era un orden mínimo para que cada uno supiese en qué cola se debía poner. En los diez primeros minutos del reparto todo va bien; mucho calor. De repente comienza la avalancha y con ella el caos. Madres embarazadas que quieren regalos para el bebé que portan atado a la espalda y para el que llevan en su vientre. Pillines que se ponen en una cola y otra y otra acaparando más de un regalo. Niños, que quieren un regalo como sea, intentan cogerlos de las cajas. "Que esos regalos son bolsos para chicas". "Da igual, para mi prima". Se los arrancan de las manos a los monitores. Una ensalada de brazos, pisotones y cabellos revueltos cae sobre los paquetes. Desde la megafonía se llama al orden, pero no se consigue. Los que tienen su regalo y los que han comprendido que no lo van a tener abren los depósitos de agua, beben de las mangueras, se refrescan la cara en los charcos. Desmadre en todos los frentes. Un monitor cae al suelo. Los chiquillos tiran de los regalos que están bajo su cuerpo. Peleas, gritos, ferocidad. Las mujeres adultas compiten con los niños para llevarse un mísero regalo. Algunos desprecian los cuentos y los libros. Otros niños los recogen. Una niña llora desconsolada sentada en la escalera. La monitora: "Ya no hay regalos.Ten estas monedas y mi pañuelo". Un beso. Cesa el llanto, sonríe.
Calor, el cielo se ha despejado, sol de mediodía, al menos sopla el viento. Todos se han marchado. Vasos de plástico manchados de chocolate, envoltorios de panetón, papel de regalo por todas partes. Un desastre. Consumismo, regalos sexistas, derroche de envoltorios, suciedad. La organización no se ha partido la cabeza buscando otros valores. El dinero viene de los ricos del mundo: Berlín, Madrid, Nueva York, Toronto, Londres... Su dinero, el que usted donó de buena fe, sirve para exportar nuestra barbarie. Por todo el planeta, el ansia de tener se desata como un instinto capaz de desorbitar las pupilas e impeler a una lucha encarnizada. Allí también, a pequeña escala, entre aquellos niños, aquellas gentes. Regalos de Navidad: cebos de la maldita estupidez que mueve el mundo.

Safe Creative #0912235186353

martes, 6 de octubre de 2009

Sin plata para sus ojos

En los basurales de las lomas del desierto, frente al gran océano, los niños padecen muchas enfermedades, las propias de todas las poblaciones y las derivadas de vivir trabajando con los residuos; todas ellas agravadas por la carestía de la asistencia sanitaria. Cuando se ha nacido en esta parte del mundo, limitada es la esperanza respecto a las enfermedades de los ojos. La mayoría de adultos y de niños, que no ve bien, no lleva gafas. Los contados niños que las tienen, las usan con graduaciones que ya no correponden. No hay revisiones periódicas y, por supuesto, las dioptrías que se necesitan tampoco se actualizan con nuevas lentes. Los modelos de gafas son muy antiguos y de bastante mala calidad.

Una tarde de verano las niñas estaban jugando al balón. A la única niña que llevaba gafas se le cayeron. Al recogerlas, observó que algo faltaba. Ella -entre lágrimas- y sus amigas se afanban en buscar un pequeño tornillo. Éste no unía una de las dos varillas con el frontal, sino que era un tornillito que unía el propio frontal. Esta pieza, el frontal, no era una sola cosa sino dos, es decir, se dividía en parte superior y parte inferior. En cada extremo había un tornillito que juntaba ambas partes. Si faltaba el tornillito de la izquierda, se separaba el frontal y caía la lente izquierda. Con la parte derecha, lo mismo. Era un modelo realmente extraño. Las niñas encontraron el tornillito, se colocó en su sitio, pero el endeble metal de la montura estaba muy desgastado; el tornillito ya no enroscaba bien. Se volvería a caer. A los pocos días la niña apareció con la misma gafa y, en lugar del tornilito, un trozo de alambre retorcido. Otro día la niña llegó sin gafas y, así, ya, todos los días. Entre tanta penuria no hay plata para unas gafas nuevas, ni montura ni cristales.

La mayoría de los niños nunca ha pasado por la consulta de un oftalmólogo, no los hay por allí. Pero, aunque les viese algún especialista, tampoco serviría de mucho. Hay niños extremadamente bizcos y así continúan en la edad adulta, un mal que en los países ricos apenas ya se ve, pero ni para eso hay plata. Las familias más pobres no invierten en los niños con deficiencias físicas o psíquicas. No es que los padres no los quieran o no los atiendan, es que la plata no llega por lo que suponen que, en cualquier caso, los más débiles van a perecer. Se necesita mucha plata para un ciego, cuidados, colegios y profesores con conocimientos especiales. La poca plata que se tiene se invierte más en los hijos sanos y fuertes, en los que sobrevivirán, estudiarán y, quizá, saquen a la familia de la miseria. El resto allí queda, a veces van al colegio, a veces, no, con sus brillantes ojos almendrados entre polvo, humo y niebla por los cerros de basura del desierto.
Safe Creative #0910064634649

viernes, 7 de agosto de 2009

EN LOS BASURALES. (20) La ayuda internacional y la ONG autóctona

Los servicios sociales que llegan a los basurales dependen de la ayuda internacional. La presencia de la administración del país es mínima. Existe una agencia de la municipalidad del distrito, pero en su pequeña sede sólo se hacen trámites burocráticos, poco más. La ayuda internacional procedente de fundaciones, empresas, ONGs y administraciones europeas y norteamericanas se canaliza a través de ONGs autóctonas, las cuales no están gestionadas por personas de los basurales sino por trabajadores de las clases medias de la gran capital. Estas ONGs tampoco suelen tener locales en los asentamientos humanos –utilizan casas de particulares, aulas de los colegios-; sus oficinas se ubican en partes más céntricas. En la zona, con miembros procedentes de los asentamientos humanos, apenas hay asociaciones: algunos grupos deportivos, una asociación juvenil sin actividad, una emisora de radio.
Las ONGs autóctonas atienden diversos asuntos, a saber: alimentación, microcréditos, educación, desarrollo cultural, formación de adultos. Si una ONG autóctona consigue bastante financiación internacional puede diversificar su campo de actuación. Así, existe una ONG autóctona que se ocupa de la erradicación del trabajo infantil, de las mujeres, de los jóvenes, de alternativas de empleo y ecológicas. Todo esto suena muy bien, pero hay que tener en cuenta que la ayuda internacional va a los basurales ya bastante mermada, pues una cosa es lo que contemplan los proyectos y otra lo que se hace sobre el terreno. En esto influye considerablemente la gestión y el reparto del dinero.
Esta ONG autóctona tiene una estructura jerárquica de hecho, a pesar de que se considera una organización democrática abierta. Parece ser que el cargo de presidente o director puede elegirse, cambiarse, pero si el jerarca sabe buscar el dinero es posible que se mantenga durante muchos años en el puesto. En esta ONG autóctona bastantes sueldos depende de la ayuda internacional: el del jerarca, el de los socios contratados y el de los trabajadores (asistentes sociales, psicólogos, educadores, abogados, conserjes, etc.) De esa ayuda internacional también dependen en gran medida las oficinas situadas en lugares céntricos de la ciudad y otros recursos (camioneta, ordenadores). Por tanto, la ayuda internacional se divide entre la parte que queda en esta ONG autóctona y la que llega a los basurales, o lo que es lo mismo: el dinero que en forma de sueldos y lugar de trabajo va para las clases medias de la ciudad, y el dinero que en forma de programas o servicios sociales llega a los extremadamente pobres que habitan en los asentamientos humanos de la periferia. Mediante esta fórmula, la ayuda exterior contribuye al mantenimiento de la clase media tanto o más que a la eliminación de la pobreza.
Safe Creative #0908064202340

viernes, 24 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (19) Violación, destino de niña pobre

Los pobladores del cono norte viven en permanente alerta porque los delitos contra la propiedad y la seguridad personal son muchos y constantes. El pillaje y la rapiña son diarios. El tráfico de drogas y el de armas no causan sorpresa. Las persecuciones policiales tras los pocos coches que hay por las calles del valle, entre basura y corralones, producen expectación al instante, pero pronto cesa pues es lo de siempre. Al hablar de la laguna próxima a la chacra, los niños evocan historias de miedo, como que apareció un hombre apuñalado en el agua. Arriba, en los cerros, una mujer va escondiéndose de casa en casa. Los trabajadores de la ONG quieren hablar con ella para inscribir a sus hijos en el proyecto, pero no la encuentran. Su hermana dice que el marido acaba de salir de la cárcel, tras cumplir condena por asesinato, y que ha amenazado con matar a su propia esposa, por eso ella se esconde. Los crímenes, los delitos no sorprenden a nadie. Se aprende a vivir con ellos o a considerar culpable, por no ser suficientemente precavido, al que los padece. La vigilancia policial es prácticamente inexistente en la zona. Los agentes sólo aparecen en las persecuciones, cobijados en sus coches.
La violencia es cotidiana y se vive con resignación. Así es como se habla de las violaciones de niñas, como si de un destino fatal se tratase. Desde la propia ONG señalan que a partir de los ocho o nueve años una niña pobre puede ser violada. Como si fuera una costumbre o algo que inevitablemente va a suceder. Cuanto más desprotegida o desamparada esté la niña, más posibilidades hay de que la violación se produzca. Niñas que viven sólo con la madre, la cual se ausenta durante mucho tiempo; niñas que van solas a todas partes; niñas con algún retraso mental o alguna dificultad física. Ahí no acaba lo repugnante: las violaciones pueden ser rentables. La denuncia significa dinero tanto si sigue su curso como si no. Si la denuncia sigue su curso se castigará al culpable y quizá se consiga algo de dinero. Pero también puede ocurrir que el violador ofrezca dinero a la familia de la víctima para que retire la denuncia. En este caso el dinero llegará con más seguridad y rapidez, el violador quedará libre, su delito impune. Cuando la pobreza es tanta, la oferta del violador se acepta. La miseria luce esplendorosa su rostro nauseabundo, la muy miserable.
Aquella mañana de sábado el viento movía los débiles cristales de las aulas, la corriente penetraba por las ventanas rotas. Los pocos niños que asistieron a las actividades recreativas en el colegio amurallado vinculaban aquel viento frío a los amagos de terremoto: “Tengo miedo al temblor”. Eran tan pocos niños que podían repetir su ración de cuáquer caliente y panecillo varias veces. Resulta muy extraño porque a la hora del refrigerio la cantidad de niños se suele duplicar, especialmente los sábados. Los pocos niños venían acompañados de sus hermanos mayores, tías o madres. Se comenta sobre los pocos niños presentes. “Quizá los niños no han venido porque el tiempo es muy desapacible”. Para las acompañantes existe otra explicación. Hay pocos niños en el colegio y en las calles porque no les dejan salir; las noticias de radio y televisión han relatado varios crímenes y violaciones de niños, alguna cerca de la zona. Andan nerviosas y muy pendientes de los chiquillos. El cielo sigue gris muy oscuro. Temblor de miedo.
Safe Creative #0906164030207

jueves, 16 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (18) Niños desolados

En los asentamientos humanos hay niños muy educados, mal educados, pícaros, traviesos, pedigüeños, tímidos y desolados. Existen niños muy bien cuidados por sus familias porque ser pobre no va necesariamente asociado a niños maltratados, ni abandonados ni desprotegidos; sus padres están muy atentos a su salud, educación y honradez. Pero también hay niños pícaros: los que te dicen “ayer te presté tres monedas” y ayer no los conocías; los que venden a otros niños más pequeños una lagartija que han cogido en el camino; los que al terminar las actividades recreativas se despiden y tras darse la vuelta asoman de sus bolsillos lapiceros, borradores y bolígrafos de los que se han apropiado por su cuenta. Por supuesto que hay niños que solicitan a la ONG material escolar educadamente y con suma corrección. Pero otras veces es como si la telepatía fuese infalible. Se tiene pensado ofrecer algo y ellos ya lo han tomado sin mediar palabra. Otros niños son pedigüeños hasta la saciedad aunque no sean los más necesitados. También está el niño (o la niña) que se muere de hambre y no dice nada, no pide ni para mantenerse en pie. Después de verle toda la jornada te enteras -pero no de su boca- de que lleva dos días sin comer. Aguantará y aguantará hasta que llegue la ocasión. Se pone a la cola, como todos los demás, para recibir su vaso de cuáquer y un panecillo. Si hay de sobra, sosegadamente volverá a la cola para repetir. Éste no pedirá para más tarde, ni para mañana, ni para sus hermanos o su madre; otros niños sí lo hacen lo necesiten o no. Los desolados ya tienen el rasgo del tímido, pero su retraimiento ante el entorno, la comunidad y el futuro es aún mayor.
Los niños desolados se relacionan con un par de amiguitos y con sus hermanos. Estos últimos son fundamentales. A veces, el grupo de hermanos es un grupo de desolados. Ellos son la base de unión familiar y de relación con el mundo. Los hermanos desolados se cuidan unos a otros. Si la hermana mayor (o no tan mayor) cae enferma o tiene un accidente laboral (frecuentes los cortes en pies y manos con vidrios y latas), ella no irá al colegio y los hermanos pequeños tampoco porque no tienen quien les lleve; además, se quedarán para cuidarla o para trabajar.
Cuando a los niños de los asentamientos humanos se les pregunta “¿qué quieres ser de mayor?”, responden como casi todos los niños del mundo: “futbolista”. Las niñas dicen actriz, cantante, bailarina. Otros, los menos, prefieren ser doctores, maestros o cosas por el estilo. Los niños desolados no dicen nada, absolutamente nada. La repuesta es el silencio. El silencio es sufrimiento y angustia. El silencio invade el valle y se hace dolor en las gargantas. Es insoportable. La inocente y rutinaria pregunta que se hace a los niños sin ton ni son se vuelve absurda y estúpida. Maldita la hora en que se pronunció. Niños heridos en combate de una guerra sin guerra. Niños sin futuro que caminan sobre montañas de basura sin decir nada, sin esperar nada. Desamparados y solos, únicamente el calor de los que corren su misma suerte: los hermanos.
Los trabajadores de la ONG se encontraron con un grupito de hermanos desolados, les ofrecieron una bolsa de panecillos y unos juguetes que no correspondían a su edad (eran para cuatro años). Al transcurrir los días los niños iban siendo menos retraídos, un poco más parlanchines. El pequeño (siete años aunque parece de cinco porque crece lentamente) halló en la basura una página de una revista con publicidad de un coche. “Tengo tres carros como éste”. No tiene ni uno, ni siquiera de juguete. Era un brillante descapotable rojo. Con sus hermanos y otros niños juega a meterse en un bidón oxidado y vacío. El crío vende lo que recoge para comprarse cualquier comestible en un puesto callejero rodeado de moscas.
Safe Creative #0906164030191

miércoles, 15 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (17) Niña con la cabeza partida a escobazos

El maltrato infantil existe como en cualquier otra parte, pero en los asentamientos humanos son escasos los medios para combatirlo, a pesar de las campañas que de vez en cuando se llevan a cabo. Las maestras piden ayuda tras observar las manos quemadas de los niños o magulladuras en sus piernas y brazos. Si un niño coge una moneda aunque sólo sea para comprarse un chicle, su mano puede ser machacada con una piedra por su propia madre. Las niñas recibirán una paliza si sus hermanos varones menores o mayores se lastiman, se caen o les pasa algo.
Desde que la niña (unos diez años) comenzó a usar sombrero no se lo quita ni de día ni de noche, ni con niebla ni con sol. Bajo el sombrero una gasa, bajo la gasa el color amarillo del desinfectante y una herida. El padre le había partido la cabeza. La niña presenció una discusión entre su padre y un hermano mayor. La niña se enfrentó al padre en defensa del hermano. El padre cogió una escoba y con ella le golpeó la cabeza. La niña cayó al suelo con su cabeza abierta y sangrando a chorros. El padre no sólo no la socorrió sino que, enfurecido, le deseó la muerte. El progenitor abandonó el hogar diciendo que ya no le interesaba esta familia y que tenía otra paralela, otra mujer y otros hijos en otro lugar. La niña fue llevada a la posta médica donde le cosieron su cuero cabelludo. Diariamente utiliza un sombrero para resguardar la herida de la suciedad, el polvo y la contaminación y, de paso, esconder la herida; o quizá es al revés, lo primero es esconder la herida, luego protegerla de tanta porquería.
Nadie lo denunció: ni la madre, ni los trabajadores de la ONG que las acompañaron a la posta, ni los médicos, ni los vecinos que supieron de ello, ni el hermano mayor, ni la niña. Todos conscientes de lo que es para esconderlo, pero nadie para denunciarlo. Y es que no existen mecanismos especiales para que denuncien los niños, ni tampoco la concienciación de los adultos es suficiente respecto al maltrato infantil. Además, en caso de denunciarlo, es posible que tampoco ocurra nada. Todos dudan de la eficiencia de las autoridades debido al elevado grado de corrupción. En los basurales no hay dinero para “poner en marcha” la acción policial.
Safe Creative #0906164030184

lunes, 13 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (16) Niñas lavando desechos de hospital


Los trabajadores de la ONG avanzan sobre los muros derrumbados y los residuos sólidos esparcidos por todas partes: un CD, botellas, radiografías, frascos, recipientes de vidrio. Se aproximan a una casa. Cerca de ella un sofá sucio y destrozado, muebles viejos, garrafas de plástico, gallinas. Muchos bultos apilados al fondo. Próximo a la vivienda, pero sin estar adosado a ella, más bien en medio del corral, un porche, un cobertizo: cinco o seis palos sobre los que han puesto una estera para resguardarse del sol. Debajo, bolsas y más bolsas con residuos rodeándolo todo. Dentro, en la sombra del cobertizo, las niñas en asientos muy bajos. Delante de las niñas varios barreños con agua oscura en la que permanecen en remojo jeringuillas, tubos para muestras o análisis de sangre, frascos de suero, envases pequeños para inyecciones. Las niñas están lavando utensilios de hospital. Estos desechos posiblemente no se reciclan, pero sí se venden para volver a utilizar.

Hay cuatro o cinco niñas, difícil concretar cuántas porque van y vienen. También corretean por allí unos primos recién llegados de la selva. La niña adolescente, o al menos bastante alta, es más estable, permanece todo el tiempo en su asiento. Está lavando los utensilios, silenciosa, sin levantar la mirada de su tarea. Las otras niñas explican lo que hacen. Los objetos, primero, se lavan en un cubo que contiene lejía y, después, se pasan a los otros baldes para aclararlos. El agua está igual de inmunda. Ante la llegada de los trabajadores de la ONG, aparecen los adultos. Conversan, indican los parentescos de los niños, son todos familiares. Los adultos no comentan lo que se ve. La adolescente sigue callada, pero las niñas vivarachas llevan a los trabajadores de la ONG tras unos bultos para que vean cómo en unos cubos o sobre plásticos los utensilios se secan. Los extraños, impactados, se despiden.

Al día siguiente los trabajadores de la ONG llevan una cámara, quieren grabar, quizá para tener un testimonio gráfico, quizá por puro sensacionalismo. Nuevamente atraviesan el muro desplomado sobre la tierra, los residuos (botellas, radiografías, frascos y recipientes esparcidos) y llegan al porche. Se ve lo mismo de ayer: las niñas sobre los barreños limpiando material clínico. Hoy tienen una aguja de hacer ganchillo en cuyo extremo, en el del gancho, han colocado una bolita de algodón. La niña alta sumerge sus manos desnudas en el agua sucia, saca un tubo de ensayo, frota una y otra vez el interior con la bolita de algodón enganchada a la aguja, lo coloca en el agua supuestamente clara del otro balde. Los trabajadores de la ONG saludan, las niñas responden. Este segundo día aparece un adulto joven, fuerte, suspicaz, desconfiado; su saludo deja tensión en el aire. Está vigilante de todo. Hoy silenciosas, las niñas que ayer eran dicharacheras. El temor crece. El mandamás sabe que los extraños saben. Todos están obligados a hacer como que no se ve lo que se está viendo. Los trabajadores de la ONG se olvidan intencionadamente de la cámara, no grabarán; hay que hablar de otra cosa. Explican que hacen actividades recreativas con los niños, les invitan a participar en el proyecto. El temor se va moderando. Convocan a los niños para las actividades de la tarde, queda dicho: a tal hora en tal sitio, adiós.

La adolescente llega rodeada de las otras niñas y más críos; porta un bebé en los brazos, hijo de algún pariente que lo ha dejado a su cargo. Se ha puesto una blusa estampada de flores, lleva unas sandalias de tacón ancho pero alto, de dos o tres números más grandes, el pie resbala, se sale por delante. Se va acercando torpemente debido al calzado y al peso del bebé. Sopla el viento, le despeina su cabello largo recogido en la coleta; la tez morena, quemada. Llegan y saludan. Las niñas pequeñas pronto se integran. La adolescente, parca en palabras, esboza una sonrisa. Da el biberón al bebé mientras ve pasar las manos de otros niños con los rotuladores, las pinturas, las cartulinas, juegos y risas. No se relaciona, sólo con los que la acompañan. Parece más tranquila, sosegada, la mirada perdida a lo lejos vuelve, reposa sobre el bebé en sus brazos y de ahí al suelo. Escucha a los que la saludan, responde con monosílabos, la sonrisa tímida, su mirada triste, la cabeza gacha.

Safe Creative #0906164030177

sábado, 11 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (15) La timidez de los recicladores infantiles.


El trabajo infantil en la segregación y el reciclaje de basura se da de formas variadas, dependiendo de las circunstancias familiares. Así, los niños pueden trabajar en los corralones de su propia familia aprendiendo el oficio en el hogar desde muy pequeños. Los niños, niñas y adolescentes también van a trabajar a los grandes corralones donde son contratadas sus madres, abuelas, tías. El resto, los que no encuentran empleo ni siquiera en los corralones, recolectan los residuos en solitario o acompañados de sus hermanos y madres en diferentes lugares: por las calles de la ciudad, por los escondrijos de los basurales, entre los muros caídos. Algunos chiquillos más osados los extraen de los vertederos, lo cual está prohibido. Después los recolectores venden los desechos que han reunido a los propietarios de los depósitos.

En las mañanas de verano es como si los niños y niñas de los asentamientos humanos hubiesen desaparecido. Trabajan más debido a las vacaciones estivales. A veces hacen algún descanso o les envían a algún recado, entonces se les ve por las calles muy sucios –la cara, los brazos, las manos- y sus ropas son verdaderos harapos –parecen de otro tiempo o venidos de una gran catástrofe. Esto les produce gran timidez y cuando divisan a los conocidos, se esconden o se limitan a saludar de lejos. Son las ropas viejas, destrozadas, andrajosas que se ponen para trabajar y de este modo preservar otras prendas mejores. Estas últimas son las que visten a la tarde, cuando ya se han lavado y salen a la calle mostrándose mucho más simpáticos, afables y risueños.

Los niños y niñas de los corralones familiares comienzan segregando residuos desde pequeños (cinco, seis años), cuando son algo más mayores (nueve o diez) van aprendiendo a limpiar los materiales. Además de separar plásticos, vidrios, cartones y metales, ya se dedican, por ejemplo, a pelar botellas, arrimándolas a la candela para que se ablanden las etiquetas. Los niños padecen los duros inconvenientes de su trabajo. Los más pequeños manifiestan que lo peor de trabajar es que les duelen los pies y acaban cansados. A los niños mayores lo que más les molesta son los gritos, que les regañen. Para todos, lo mejor de trabajar es que "dan plata".

Los niños que recolectan por las calles aprecian todo tipo de materiales, pero buscan "fierros" y otros metales –cobre, plomo- porque saben que es lo que mejor se paga. Conocen, tan sólo a medias, que hay riesgos de todo tipo: accidentes laborales, enfermedades y violencia. Entrar en el gran vertedero para conseguir materiales es complicado, hay guardianes. A los críos les turba la simple visión del contorno del vertedero en el horizonte. Cuentan historias sobre el gran botadero, creen haber oído disparos al aire.

Safe Creative #0906164030160

jueves, 9 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (14) Trabajo infantil por tradición y por hambre


Los niños y niñas de los asentamientos humanos van al colegio, pero no todos ni con regularidad. El absentismo escolar se produce por causas diversas: enfermedades y accidentes de los que no se acaban de curar por la carestía de la asistencia sanitaria, desatención por parte de los padres o tutores (abuelos, tíos, hermanos adultos) y, también, porque los niños se ponen a trabajar. Hay niños que ya no estudian y se dedican exclusivamente a trabajar; otros compaginan ambas cosas, por ejemplo reciclando sólo en ratos libres o en las vacaciones de verano. Algunos niños han dejado de reciclar porque los padres se han convencido de que es un trabajo peligroso, aún así no hay suficiente concienciación sobre el trabajo infantil en general. Son muchos los niños que siguen reciclando, los que trabajan en otros empleos que se consideran menos nocivos y los que realizan tareas que no se aprecian como trabajo pero que, en cualquier caso, son actividades y responsabilidades que corresponden a los adultos. Cuidan y cargan con sus hermanos o sobrinos menores durante toda la jornada laboral de sus progenitores; se ocupan de las labores domésticas (cocinar, fregar, lavar la ropa); trabajan en empleos diferentes al reciclaje: hacen bisutería, venden comidas, lo que surja.

Los motivos por los que los niños trabajan son fundamentalmente dos: la tradición cultural y la necesidad perentoria de subsistir. En los asentamientos humanos sigue muy arraigada la vieja idea de que los niños deben trabajar, ganarse el sustento y ayudar a la economía familiar. Esto puede dar lugar a que los niños combinen colegio y trabajo, también a que sus padres o tutores decidan que es más importante trabajar que estudiar. Otros niños, desde edades muy tempranas –siete, ocho años- y adolescentes trabajan por pura necesidad. Acuden a los corralones o juntan residuos por las calles para obtener unas monedas con las que comprarse algo para alimentarse cada día.

Las ONGs y algunas instituciones tratan de contrarrestar la cultura del trabajo infantil concienciando sobre los derechos de los niños a la educación y a la recreación. Se pagan matrículas y se propicia que los niños asistan diariamente al colegio. Los comedores sociales procuran alimento para las familias más pobres. Pero todo es insuficiente cuando la pobreza es extrema y las familias están descompuestas: padres que desaparecen, madres enfermas o con muchos hijos, niños que se encargan de sus hermanos, abuelas ancianas que hacen de madres. En estas condiciones bastantes niños quedan desamparados y han de buscarse la manera de sobrevivir por sí mismos, incluso de alimentar a los suyos. Por tanto, el trabajo infantil no es un simple asunto de concienciación; en los basurales el absentismo escolar, el deambular de los niños por las calles buscando y recolectando residuos para luego vender es también consecuencia del hambre. No debiera ser necesario decir que el trabajo infantil es siempre un problema de explotación.

Safe Creative #0906164030153

miércoles, 8 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (13) Papel higiénico usado


Los recicladores recuperan residuos sólidos orgánicos e inorgánicos. Los primeros van destinados principalmente a la alimentación de cerdos. Entre los segundos los más comunes son: plásticos (botellas, envases, bolsas), vidrios (recipientes, botellas), papeles, cartones, metales diversos y chatarra (hierro, cobre, latas), baterías de coche, suelas de zapatilla. A veces hay cosas sorprendentes como el material de hospital. Pero aún hay cosas más insólitas: el papel higiénico usado. Las personas de fuera se quedan boquiabiertas –en semejante situación es sólo en sentido figurado- y se preguntan: ¿Pero eso se recicla? ¿Para qué se recicla? Nadie lo explica, pero lo cierto es que se acopia.

En la gran capital el papel higiénico no se desecha por el inodoro, quizá debido a los atascos, deficiencias en los desagües u otros motivos. Así que el papel higiénico ya usado se deposita en cubos cuyo interior está forrado con una bolsa, la cual, cuando está llena, se retira y va a parar a los camiones de basura.

Una mañana olía peor de lo acostumbrado en el valle. Una montaña de una masa grisácea apareció entre las casas y las chancherías. Su pestilencia era insoportable. Se hacía difícil hasta la respiración. Era papel higiénico usado. A uno de los vecinos le habían pagado por tener aquella inmundicia delante de casa. Los meses que estuvo, pasó a formar parte del paisaje y el aire de todos los que vivían y pasaban por allí. La mierda de los habitantes de la gran ciudad, mobiliario urbano de los más pobres, de los que aún se apañan con letrinas. En medio de tanta porquería, la mierda-mierda repugna enormemente a los forasteros, pero no tanto a los que viven allí. Una vez fue retirada, las vistas tampoco mejoraron demasiado. Desapareció la montaña gris, pero quedó su rastro: tierra maloliente, seca, del color del plomo.

Safe Creative #0906164030146

lunes, 6 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (12) Ratones, sarna, miseria


En el conjunto de los asentamientos humanos del cono norte es perceptible la pobreza, el humo, la suciedad, el hedor, pero en el valle de los corralones todo eso se agrava enormemente. El impacto sobre el aire, la tierra y el paisaje lo convierte en un escenario asfixiante, desolador si se considera que familias enteras hacen allí su vida cotidiana.

La frontera entre los corralones y la calle no siempre está clara pues los hay amurallados, a medio amurallar y derruidos por completo. De todos modos los residuos están dentro y fuera de ellos, en cualquier parte. Hay bolsas de basura abiertas y cerradas en la calle, escondida entre cerros, claramente visible en las explanadas, pegada a los muros de las chabolas. Montones de lo que parecen escombros, pero que también podrían ser cosas útiles. Regueros de cualquier líquido que han dejado marcada la tierra con su rastro y su pestilencia. Moscas e insectos que van saltando conforme el caminante avanza, como abriéndole paso. Ratones vivos y muertos sobre los que se pisa sin apenas darse cuenta. Terreno oscuro, inundado de latas de conserva a las que ya han quitado las etiquetas, sobre el que se asientan los chamizos más ruines.

La falta de higiene y la pobreza provocan el aumento de los parásitos y su persistencia. Los perros tienen pulgas, garrapatas, en algunas partes de su cuerpo les falta el pelo quedando a la vista la carne viva, rosada, es el efecto de la sarna, de la cual algunos niños también se contagian. Abundan los piojos y las liendres que las madres quitan con las manos. No se usan repelentes ni productos farmacéuticos para eliminarlos, si acaso se recurre a la gasolina, que se echa sobre la cabeza, resbala por la melena y abrasa la piel de la espalda de las niñas.

Safe Creative #0906164030139

domingo, 5 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (11) Manos desnudas revolviendo residuos


La segregación y acondicionamiento de los materiales para reciclar se realiza en las viviendas familiares con corral y en los grandes corralones, donde las bolsas de basura se amontonan cubriendo casi todo el suelo y subiendo por las paredes. En las viviendas con su pequeño o mediano corral, en el que se crían animales para el autoconsumo y se deposita la basura para segregar, suele trabajar la familia, entendida en sentido amplio. En los grandes corralones, además de la familia, acuden otros vecinos a separar, limpiar y preparar los residuos. Pero, tanto en las viviendas familiares con corral como en los grandes corralones, todo el trabajo se realiza a mano, abriendo bolsas, revolviendo la basura. No hay maquinaria específica (grúas, cintas transportadoras), tan sólo los camiones que llegan cargados de desechos.

Los adultos y niños realizan el trabajo sin medidas de seguridad laboral; ni les proporcionan ni tienen guantes, uniformes, mascarillas, calzado adecuado. Las manos están negras en los primeros minutos de la jornada. No se puede estrechar la mano del visitante, aunque los trabajadores son afables y para el saludo ofrecen el antebrazo.

Los recicladores, al carecer de medidas de prevención mientras realizan su faena, quedan expuestos a accidentes y enfermedades laborales: cortes, infecciones, parásitos, mordeduras de roedores; hasta hepatitis y otras enfermedades contagiosas (algunos desechos proceden de hospitales). La cercanía -en bastantes casos la coincidencia- del lugar de trabajo y la casa supone para las familias vivir rodeados constantemente de olores pestilentes, falta de higiene y peligros para la salud.

En algunos corralones además de basura hay pequeñas empresas de transformación. De vez en cuando un sobresalto, por ejemplo una explosión. Posiblemente hay trabajadores heridos. Coches de policía y mucho trasiego. El gas se eleva, se extiende por el valle y se produce la alarma. Es un gas que irrita los ojos y la piel. "Váyanse, es peligroso", recomiendan a los forasteros.

Safe Creative #0906164030122

jueves, 2 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (10) Bodeguitas y puestos de comida


Los asentamientos constituyen un potencial mercado. Varios factores contribuyen a ello: su carácter de pueblos jóvenes, en los que se carece de servicios y comercios; su numerosa población –multitud de familias que han ido y siguen yendo a ganarse la vida y a residir-; su emplazamiento, alejados y separados del resto de la ciudad. Los negocios pueden ser prósperos si evitan a los pobladores desplazarse al centro para comprar, es decir, si los abastecen, al menos, con lo básico: agua, comida, medicamentos, ropa. Estos son los motivos por los que florecen por doquier los pequeños y pequeñísimos comercios, muchos de ellos dependientes de los microcréditos.

Las bodegas son tiendas de comestibles no perecederos o de fácil conservación: arroz, pan, galletas, pasta, leche envasada, frutas. A nada que la tienda es un poco más grande puede haber chanclas, algo de ropa y pequeños utensilios. Las bodegas son ya por sí mismas tiendas medianas o pequeñas, pero aún las hay más pequeñas como son la mayoría en los asentamientos. Las bodeguitas suelen ubicarse en la primera estancia de la casa o en cuartos a pie de calle. Generalmente son establecimientos muy oscuros, en los que no se enciende la luz por el día aunque se carezca de ventanas. Pueden constar de lo mínimo: un mostrador y una estantería. Suelen tener frigorífico –oculto a la vista del cliente- donde guardan el agua, los refrescos y las cervezas. En alguna bodeguita puede haber un banco o unas sillas para que los clientes descansen y tomen su refrigerio. Algunas tienen puertas con barrotes, es común que a través de ellos se vendan las mercancías por miedo a los atracos.

Hay restaurantes y puestos de comidas; es necesario distinguirlos porque no son exactamente lo mismo. Los primeros son excepcionales, o sea dos o tres restaurantes espaciosos –pero sin lujos-, con cocina y mostrador, aseos y grifos vinculados a algún depósito de agua. El resto son puestos o diminutos locales donde se elaboran y sirven menús. Bastantes mujeres se han decidido a ponerlos con lo más elemental: una parrilla o una cocina con su bombona de gas, las ollas y un par de mesas. Al atardecer aumentan las casas donde se venden comidas, en verano se hace hasta en la calle. Un pariente cercano de los puestos de comida es la venta ambulante. En muchas viviendas preparan platos, helados (marcianos y chupetes), gelatinas, chocolates que se venden en la misma casa o yendo con carretas por los lugares más concurridos: donde hay niños (recreos), a las puertas de los corralones donde hay recicladores que necesitan comer en los descansos.

Otros comercios diseminados por la zona, pero en menor medida, son las boticas cuya mercancía es tan propia de las farmacias como de las droguerías. Hay, aunque escasos, locales de papelería donde también se hacen fotocopias. Incluso alguien se ha atrevido a poner un establecimiento con cabinas para usar internet.

Algunos de los comercios se vuelven prósperos debido a la gran demanda; se obtiene dinero para devolver el microcrédito y se solicita otro para ampliar el negocio. Hay oportunidades, aunque puede ocurrir que las previsiones no se cumplan; además, emprender negocios dentro de tanta penuria significa asumir un riesgo que puede producir mucho dolor. Un día el futuro se oscurece porque se resquebraja el juego de los microcréditos y las ilusiones aparejadas. La cerda en vez de tener una camada numerosa, tiene sólo dos crías escuálidas, que hasta podrían perecer. En cualquier caso, de su venta no se obtendrá lo suficiente para hacer frente a los microcréditos. No habrá dinero para volver a invertir en unas ollas, unas mesas, lo justito para un puesto de comidas. Se rompe el cántaro como en el cuento de La lechera, sólo que en los basurales la decepción lleva al alcohol y a la hoja de coca. Ese día no se ve ni a los hijos, perdido todo, la esperanza y la cabeza, llorando borrachos, verde la boca.

Safe Creative #0906164030115

miércoles, 1 de julio de 2009

EN LOS BASURALES. (9) El "chancho" y el "loro"


Los asentamientos forman un conjunto aislado, desgajado del resto del distrito al que pertenecen. Su principal vínculo con el exterior es la "pista", la única carretera asfaltada con un carril de ida y otro de vuelta, sin línea continua ni discontinua, ni la del arcén. Por ella transitan el "chancho" y el "loro" que van y vienen del centro de la ciudad. El "chancho" tiene un largo recorrido por el distrito, el "loro" llega por la gran autopista del norte. Ambos coinciden en esta última y tienen parada en el "óvalo", que viene a ser –aunque no lo es- como un intercambiador de transportes. Allí se desvían hacia la derecha camino de los cerros. A la altura del mercado al aire libre la carretera se bifurca, derecha e izquierda, pero los trayectos de los vehículos –incluidos los autobuses- siguen de frente por caminos de arena, todos polvorientos, algunos escabrosos.

El "chancho" y el "loro" son autobuses antiguos, pero de los más grandes que van por allí. El "chancho", que por fuera es de rayas azules, debe su apodo a su morro muy pronunciado que lo asemeja a un cerdo (chancho). Al "loro" lo llaman así por sus colores, ya que es blanco con rayas verdes y amarillas. El "chancho" suele ser más espacioso que el "loro". En ambos los asientos encima de las ruedas son muy incómodos, de los que hay que sentarse con las rodillas a al mismo nivel que los hombros. Algunos "loros" tienen más asientos de los marcados por su inicial diseño (hasta de diferentes formas y materiales), de modo que queda muy poco espacio entre el asiento y el respaldo delantero; los pasajeros han de sentarse con las piernas inclinadas hacia los lados. Suben y bajan cargados de gente, a la cual no se puede ver si en el interior también viaja una nube de polvo (o de lo que sea).

La "pista" soporta todo tipo de tráfico: los camiones de basura, sobre la que van dos o tres personas colocándola constantemente, los camiones de ladrillos, los coches, las combis, los taxicholos y los peatones. La combi es una furgoneta con asientos para pasajeros. Su cobrador abre la puerta en las paradas y –mitad dentro, mitad fuera- vocea precio y destino. Los taxicholos constan de una moto, en la que va el conductor-cobrador, y un carruaje, en el que van los pasajeros. La carrocería es de plástico y, en el interior, suelo de metal con dos o cuatro asientos. Por la "pista" y los cerros puede llevar ocho, diez personas, pues el conductor no pierde la oportunidad de ganar más dinero por un solo viaje; los pasajeros asumen el riesgo de reventón antes de esperar a que pase otro. Circulan viejas bicicletas, de ruedas tan altas como las criaturas que se montan. La cruzan cotidianamente en sus juegos, para asistir al colegio, para ir a reciclar. Por ella mujeres y niños empujan carretillas con mercancías para vender. Caminantes, la silla del paralítico, la anciana con la leña a la espalda, los perros.

Safe Creative #0906164030108

lunes, 29 de junio de 2009

EN LOS BASURALES. (8) La posta, el comedor y otros

En los primeros asentamientos está la posta médica, la única que hay para todos estos pueblos jóvenes. (Para llegar al hospital más cercano hay que coger el autobús y salir de la zona). Esta posta tiene varias consultas para distintas especialidades, la enfermería y los aseos, pero da la sensación de que no está terminada del todo, pues a algunas salas se puede entrar por el tejado. A esta precariedad hay que añadir otra: los pacientes han de acudir con los artículos para curas ya comprados, esto puede incluir hasta los guantes del personal sanitario.
Más adelante, a medio camino entre los primeros asentamientos y los últimos, hay una agencia municipal, es decir, una sucursal de la administración del distrito. Se trata de un pequeño caseto con un par de estancias donde los vecinos pueden tramitar algunos asuntos. Está situada junto al mercado al aire libre, unos de los grandes campos de fútbol y unos aseos públicos – con separación para damas y caballeros-, para cuyo uso hay que pagar a la señora que guarda la llave. Forman un conjunto de bastante tránsito de personas y vehículos.
Hacia los últimos asentamientos, en uno de los más poblados se halla una gran iglesia católica. Hay más confesiones repartidas a lo largo de la zona. Ocupan pequeños locales. Es habitual que lancen sus doctrinas mediante altavoces para toda la comunidad, lo cual causa grandes molestias a los residentes de las casas más próximas.
Hay comedores sociales repartidos a lo largo de los asentamientos. Unos están equipados con mesas y sillas para comer allí mismo. En otros, las familias deben llevar la olla temprano para después retirarla con el menú para el almuerzo.
Diversas ONGs nacionales e internacionales ofrecen su ayuda, pero la mayoría no tienen local allí. Para ello utilizan la casa de algún vecino al cual suelen compensar, aunque también puede ser a cambio de muy poco con el riesgo que esto supone: puede ser que la familia se harte o que ofrezca su casa a otro grupo que le dé una gratificación mayor. Existe una asociación juvenil autóctona con una emisora de radio, por su altavoz se oye la música hasta donde el viento lo permite. Este altavoz más el de las iglesias generan contaminación acústica, pero ésta allá, entre humos y gases, pasa desapercibida.
Safe Creative #0906164030092

jueves, 25 de junio de 2009

EN LOS BASURALES. (7) El "Maracaná" de arena

Los colegios carecen en sus recintos de equipamientos para hacer deporte. Sin embargo, frente a la puerta del colegio amurallado hay dos canchas deportivas, bueno dos es mucho decir: una asfaltada con sus dos porterías de fútbol, otra de parecida medida pero sin asfaltar ni nada. A veces hay que pagar para celebrar los partidos.
Entre el primer asentamiento y el noveno hay otros dos campos de fútbol mucho más grandes que las mencionadas canchas. Uno está detrás del mercadillo al aire libre, cerca de un cruce de caminos. Por supuesto que es un terreno de arena, pero tiene sus porterías y su área de juego, líneas blancas pintadas sobre la tierra. Tiene algunas desventajas para los niños. Los días de viento los jugadores han de correr entre los torbellinos, cegados los ojos momentáneamente por la arena que levantan. También es demasiado grande para estos críos, pues acaban agotados tras realizar largas carreras de portería a portería. Hay que tener en cuenta que algunos juegan en chanclas o descalzos.
Casi todos los chavales prefieren el otro gran campo de fútbol, ubicado en una hondonada entre cerros. Está más rodeado de viviendas, más protegido del viento. Desde luego que también es de arena –quizá más compacta-, con sus porterías pero con las líneas blancas casi borradas. Debido a su tamaño, por ser el favorito y para distinguirlo del otro lo llaman el “Maracaná”.
El fútbol es practicado mucho por los niños y casi nada por las niñas, aunque siempre hay un par de ellas que juega la totalidad del encuentro. Las niñas prefieren el voleibol, aunque a esto también juegan los niños y los adultos de ambos sexos. Sin campo para ello, en cualquier explanada y con la simple red que saque o les preste algún vecino. Obviamente eso es excepcional –para algún torneo- o tener mucha suerte, la mayor parte de las veces la red se imagina.
Safe Creative #0906164030085

miércoles, 24 de junio de 2009

EN LOS BASURALES. (6) Muros y paredes de colegio

En la zona de los asentamientos humanos hay varios colegios: cuatro estatales y dos privados. A primera vista puede parecer que los colegios son los mejores edificios, pero examinados más de cerca esta impresión se desvanece. En realidad, son dispares en cuanto a construcción se refiere. Basta observar los dos colegios situados en los primeros asentamientos. Uno está rodeado por un muro, pintado de color crema, con una gran puerta metálica. El otro sólo está a medio amurallar: si se va al colegio por la parte alta hay que toparse con un muro y su portalón, si se llega desde la carretera, o sea, desde abajo se accede libremente. El amurallado tiene un patio asfaltado y un pequeño anfiteatro con su escenario –estrecho y alargado- y sus gradas al fondo. El medio amurallado no tiene nada de eso. Ambos colegios tienen retretes para niños y niñas. En el amurallado se usa uniforme azul marino con camisa blanca; en el otro, ropa de calle.
 
El colegio amurallado ha sido recientemente reformado –sólo en parte-. Cuenta con dos pequeños pabellones de dos plantas y con otros de una sola planta –dos o tres aulas en cada uno de éstos-, también con algunas casetas. En el interior del recinto, sobre el anfiteatro, en su muro de color crema hay diversas pinturas a gran tamaño con retratos del “Che”, Cristo y campesinos con el traje típico. También se puede leer en grandes letras “Institución Educativa” (es como allí lo llaman pomposa u oficialmente) y después el nombre del colegio, que es en honor de un célebre señor del cual también hay otro retrato.
Las aulas de este colegio, a pesar de la reforma, están bastante deterioradas, algunas presentan aspecto cochambroso. Por supuesto que no hay calefacción ni estufa, pero, además, en muchas ventanas faltan cristales por lo que se forman corrientes y, en los días de viento, hace demasiado frío en las clases. Los encerados suelen estar pintados en verde o negro sobre la pared, no disponen de soporte para tizas ni cepillo –nunca hay cepillo-. La papelera es una caja de cartón. Las mesas de los niños son bajitas y de madera, las sillas también; no obstante son anchas, alrededor de cada mesa se pueden sentar cinco o seis alumnos. En otras aulas hay pupitres de madera antiguos, de los que la mesa, algo inclinada, va unida a un banco donde caben dos alumnos. Todos los muebles, hasta la mesa y la silla de la maestra, resultan viejos y deslucidos. A ello también contribuye el polvo que en los cerros del desierto es inevitable, motivo por el que la escoba y el recogedor van de clase en clase. En las paredes están las muestras del trabajo diario, del buen hacer de unos niños, niñas y maestras que se afanan en medio de la escasez. Las paredes parecen menos desconchadas cuando exhiben los dibujos, redacciones y trabajos vistosos del alumnado, incluido el precioso periódico realizado por toda la clase, con sus noticias y su editorial. En una de las aulas más pobres hay una estantería inestable con unos pocos cuentos y un letrerito arriba en el que pone: “Biblioteca”.
Safe Creative #0906164030078

martes, 23 de junio de 2009

EN LOS BASURALES. (5) El aguatero

En la gran capital el agua que llega a los domicilios se considera potable pero, en realidad, no es apta para beber tal y como sale de los grifos. Sirve para ducharse y lavar, pero para beber ha de hervirse y esperar a que se enfríe después, por ello es más cómodo utilizar agua embotellada. Son requisitos necesarios para prevenir las habituales dolencias intestinales. Sin embargo, en los asentamientos humanos del cono norte hay muy pocos grifos pues no hay canalización de agua potable ni desagüe. El agua es llevada hasta la falda de los cerros por unos camiones cisterna llamados “aguateros”. Esta agua se compra y se conserva en grandes bidones (o cilindros) de plástico –a veces de metal-. El agua que proporciona el aguatero ha de servir para todo: higiene personal, limpieza, colada y alimentación. También para echar con baldes en los inodoros de los colegios y de las pocas casas que los tienen.
El agua de cisterna conlleva múltiples problemas, el más absurdo de todos está en su elevado precio. Los pobladores de los asentamientos –muchos de ellos en situación de pobreza y extrema pobreza- han de pagar el metro cúbico de agua hasta tres o cuatro veces más caro que los residentes en otros barrios de la gran ciudad, los cuales sí cuentan con el servicio canalizado hasta sus viviendas.
Otro de los inconvenientes tiene que ver con el transporte del agua, ya que el camión cisterna puede llevar el agua hasta las casas de la parte baja de los cerros pero no a la parte alta. En consecuencia, bastantes vecinos tienen que acarrear el agua desde la falda de los cerros hasta donde viven. Además de esto, se debe tener especial cuidado en tapar constantemente los bidones para evitar que sobre el agua caigan el polvo y la contaminación; también para que no quede expuesta a los insectos, especialmente a los “zancudos”, que trasmiten enfermedades.
El agua de los cilindros, a pesar de las precauciones, acaba afectando a la higiene y salud personales, sobre todo con las repetidas y agudas diarreas. Por otra parte, el medioambiente –suelo, aire- se contamina todavía más debido al colapso de las letrinas y a la falta de tratamiento de las aguas residuales. En estas condiciones, la canalización de agua potable y el desagüe son estimados como objetivos acuciantes en las reivindicaciones de la población.
En cuanto al tendido eléctrico sí hay en los asentamientos humanos, aunque no llega a todas las calles ni a todas las casas. Es frecuente encontrar viviendas con corriente eléctrica que toman de un vecino.
Safe Creative #0906164030061

EN LOS BASURALES. (4) Nada en el primer cuarto

Los asentamientos con las casitas, en su imperfecta cuadrícula, y los de los corralones, donde todo es más caótico, tienen algo en común: sus calles, sin asfaltar, no tienen nombre. Las casas y demás construcciones están ordenadas en manzanas y lotes. En sus paredes hay inscripciones que las identifican, por ejemplo: “E5”; es decir manzana E, lote 5. En muchas casas está escrito con pintura, la cual se va deteriorando hasta casi desaparecer; ello contribuye a que algunos niños no sepan decir dónde viven.
Los vecinos decoran las fachadas según su gusto o con lo que tengan. Algunos han plantado un par de árboles o flores a la entrada, que con mucha suerte y poco agua sobreviven. En alguna casa hay rudos bancos para sentarse a la misma puerta de la calle. De vez en cuando se encuentra una vivienda que tiene un pequeño porche de esteras o palos con un suelo de cemento o baldosas.
En el interior de las casas, nada más pasar el umbral, en la primera estancia, que suele ser grande, no hay nada. Esto es lo más habitual. En alguna casa –como mucho- un par de sillas, en otra un viejo sofá o quizá una destartalada mesa. Cierto es que hay familias que apenas tienen enseres, pero otras sí poseen algo. Los niños tienen ropas, unas peores para el trabajo y otras mejores para el tiempo libre y, por supuesto, el obligado uniforme del colegio. En alguna parte deben tener esta ropa, los platos, las ollas y otros utensilios; los cuadernos, las mochilas y la televisión, pues la mayoría son muy aficionados a las telenovelas. Aunque sean infraviviendas, no falta la tecnología. No todos, pero siempre hay algún vecino que posee alguno de estos aparatos: televisor, reproductor de CD o DVD, transistor, teléfono. Así pues, si tienen cosas, en el primer cuarto no se ven. Deben estar en las habitaciones no expuestas a la vista del primero que pasa. Tal vez todo esto se deba al pillaje. Una señora explicó que habían entrado a robar en su casa cuando se ausentaron por un viaje. Se llevaron el pequeño televisor de su hijo, pero no la televisión de plasma y otros artefactos porque antes de irse los escondieron bajo tierra. Más curioso aún es que sospechara de un conocido que había dejado de guardián.
Safe Creative #0906164030054