En
los asentamientos humanos hay niños muy educados, mal educados,
pícaros, traviesos, pedigüeños, tímidos y desolados. Existen niños muy
bien cuidados por sus familias porque ser pobre no va necesariamente
asociado a niños maltratados, ni abandonados ni desprotegidos; sus
padres están muy atentos a su salud, educación y honradez. Pero también
hay niños pícaros: los que te dicen “ayer te presté tres monedas” y ayer
no los conocías; los que venden a otros niños más pequeños una
lagartija que han cogido en el camino; los que al terminar las
actividades recreativas se despiden y tras darse la vuelta asoman de sus
bolsillos lapiceros, borradores y bolígrafos de los que se han
apropiado por su cuenta. Por supuesto que hay niños que solicitan a la
ONG material escolar educadamente y con suma corrección. Pero otras
veces es como si la telepatía fuese infalible. Se tiene pensado ofrecer
algo y ellos ya lo han tomado sin mediar palabra. Otros niños son
pedigüeños hasta la saciedad aunque no sean los más necesitados. También
está el niño (o la niña) que se muere de hambre y no dice nada, no pide
ni para mantenerse en pie. Después de verle toda la jornada te enteras
-pero no de su boca- de que lleva dos días sin comer. Aguantará y
aguantará hasta que llegue la ocasión. Se pone a la cola, como todos los
demás, para recibir su vaso de cuáquer y un panecillo. Si hay de sobra,
sosegadamente volverá a la cola para repetir. Éste no pedirá para más tarde, ni para mañana, ni para sus hermanos o
su madre; otros niños sí lo hacen lo necesiten o no. Los desolados ya
tienen el rasgo del tímido, pero su retraimiento ante el entorno, la
comunidad y el futuro es aún mayor.
Los
niños desolados se relacionan con un par de amiguitos y con sus
hermanos. Estos últimos son fundamentales. A veces, el grupo de hermanos
es un grupo de desolados. Ellos son la base de unión familiar y de
relación con el mundo. Los
hermanos desolados se cuidan unos a otros. Si la hermana mayor (o no tan
mayor) cae enferma o tiene un accidente laboral (frecuentes los cortes
en pies y manos con vidrios y latas), ella no irá al colegio y los
hermanos pequeños tampoco porque no tienen quien les lleve; además, se
quedarán para cuidarla o para trabajar.
Cuando
a los niños de los asentamientos humanos se les pregunta “¿qué quieres
ser de mayor?”, responden como casi todos los niños del mundo:
“futbolista”. Las niñas dicen actriz, cantante, bailarina. Otros, los
menos, prefieren ser doctores, maestros o cosas por el estilo. Los niños
desolados no dicen nada, absolutamente nada. La repuesta es el
silencio. El silencio es sufrimiento y angustia. El silencio invade el
valle y se hace dolor en las gargantas. Es insoportable. La inocente y
rutinaria pregunta que se hace a los niños sin ton ni son se vuelve absurda y estúpida. Maldita la
hora en que se pronunció. Niños heridos en combate de una guerra sin
guerra. Niños sin futuro que caminan sobre montañas de basura sin decir
nada, sin esperar nada. Desamparados y solos, únicamente el calor de los
que corren su misma suerte: los hermanos.
Los
trabajadores de la ONG se encontraron con un grupito de hermanos
desolados, les ofrecieron una bolsa de panecillos y unos juguetes que no
correspondían a su edad (eran para cuatro años). Al transcurrir los
días los niños iban siendo menos retraídos, un poco más parlanchines. El
pequeño (siete años aunque parece de cinco porque crece lentamente)
halló en la basura una página de una revista con publicidad de un coche.
“Tengo tres carros como éste”. No tiene ni uno, ni siquiera de juguete. Era un brillante
descapotable rojo. Con sus hermanos y otros niños juega a meterse en un
bidón oxidado y vacío. El crío vende lo que recoge para comprarse
cualquier comestible en un puesto callejero rodeado de moscas.