martes, 15 de diciembre de 2009

Tengo asma pero no me vacunaré de la gripe A


Hace semanas que comenzó la vacunación contra la gripe A para los grupos de riesgo, pero no se ha producido una avalancha a la hora de inyectarse, más bien lo contrario. "Tengo asma pero no me vacunaré de la gripe A" no parece una frase sensata en un mundo racional, sin embargo las acciones y omisiones alrededor de la pandemia han provocado que la sensatez, la racionalidad y el sentido común se tambaleen. Es normal, lógico, racional que alguien perteneciente a un grupo de riesgo vaya a vacunarse de la gripe A, pero también nos está pareciendo normal, lógico y racional que no vaya. ¿Por qué? Por la desconfianza y la falta de credibilidad respecto a todo, incluidas las autoridades sanitarias. En ello puede haber influido lo siguiente:
  • Información contradictoria sobre la gravedad de la enfermedad. Al principio hubo un incesante relato de las primeras muertes, lo que provocó la alarma; después hubo que apaciguar a la población diciendo, por ejemplo, que más gente se moría por la gripe estacional. Ahora se dice que la mayoría de los afectados la están padeciendo levemente, como cualquier otra gripe: unos días en casa y ya está. El léxico también influye: se la llamó "pandemia" y, ante el temor al pánico generalizado, hubo que aclarar que el término se referiere a su extensión geográfica, no a la gravedad.
  • Percepción de falta de rigor en la experimentación de la vacuna y de primacía de intereses económicos. Prende la idea de que la vacuna está hecha a lo bruto, o sea, rápido y mal, para vender como churros. Así que mucha gente no la quiere ni gratis.
  • Falta de claridad y titubeos en torno a los posibles grupos de riesgo. Se dijo que afectaba más a los jóvenes que a los ancianos; que si no se vacunaba a los niños, después que si sí; a las embarazadas igual: que si no, que si sí, pero con una vacuna más suave.
  • Desinformación sobre el origen de la pandemia. Primero se la llamó "gripe porcina" así que su origen se relacionó con el cerdo, como esto parecía dañino para el comercio se buscó un nombre más neutro: "gripe A". (De nuevo se intuye que priman los beneficios económicos). A esto hay que añadir la circulación de diferentes versiones sobre el origen y no se sabe cuál es la verdadera. Parece que no hay interés en abordar las causas o en informar sobre ellas.
  • Voces alternativas sobre la difusión de la pandemia y la vacuna. Muy difundido por internet ha sido el vídeo con la versión de una monja.
  • Presentimiento de manipulación o engaño por parte de los presuntos manipulados o engañados. Cuando esto ocurre, el presunto engaño no tiene efecto. A este punto han contribuido todos los anteriores. En definitiva, damos tanta validez a la charla de la monja como a los discursos procedentes del sistema, es decir, ninguna.
En los noticiarios de televisión suelen preguntar a algunas personas si se han vacunado y el motivo. Las respuestas se pueden agrupar en: "Sí, porque creo en ello"; " No, no me da confianza". Aquí está el problema: con la gripe A la ciencia, los conocimientos y cuidados médicos se han convertido en un asunto de creer o no creer. La ciencia no es creencia, sino demostración: hipótesis, datos, indagaciones, experimentos. En el caso de la actual pademia como no se demuestra nada, no se informa sobre las causas, no se sabe si se ha experimentado lo suficiente, la vacunación pasa a ser un asunto de fe. Lo mismo que en otras religiones, aquí también surge el escepticismo, el cual puede ser masivo y extremo cuando no paran de tocarnos las narices. Por eso no es extraño que los grupos de riesgo no se apuren para vacunarse. Tengo asma, pero no me vacunaré de la gripe A. Total, según está la sanidad en Madrid, antes me puedo morir de cualquier otra cosa.


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sábado, 7 de noviembre de 2009

El Plan E y la vendedora de tortillas en Marqués de Vadillo


En un enorme cartel, junto al puente, figuran los datos sobre la remodelación de la glorieta de Marqués de Vadillo. Se puede leer el nombre del contratista, que durarán ocho meses y lo que cuestan: 4.453.716,90 euros. Son obras promovidas por el Ayuntamiento de Madrid y están dentro del Plan E (Plan Español para la Estimulación de la Economía y el Empleo). Sobre el gran letrero también están estampados el logotipo del Ministerio de Administraciones Públicas y el del Gobierno de España. Formando conjunto visual con estas obras -aunque nada indica si están emparentadas- hay otras que suben por General Ricardos dejando destripadas ambas aceras. Sus esporas se dispersan en forma de zanjas y vallas también por Antonio López y Antonio de Leyva. En las vallas de General Ricardos hay unos pequeños carteles blancos en los que pone: Canal de Isabel II. Estos carteles se alternan con otros de fondo azul en los que reza: "Estamos trabajando por su ciudad. Perdonen las molestias". En la glorieta, las obras del Plan E conviven con la venta ambulante. Próximos a la boca del metro, los vendedores se sitúan con piezas de ropa, discos compactos, abanicos y algo parecido a unas tortillas. Son distintas formas de una economía en crisis.

Entre Marqués de Vadillo y General Ricardos hay un incesante trasiego en medio del caos. Semáforos y policía municipal regulan el tráfico de unos vehículos que han llegado a una glorieta trastocada. Peatones van y vienen entre vallas, zanjas, polvo, barrillo y ruido, mucho ruido. Trabajadores con indumentaria reflectante: unos le dan al taladro, otros colocan el pavimento, otros se quedan mirando, los menos manejan la maquinaria amarilla. Por todas partes, endebles placas metálicas sobre las zanjas para facilitar el paso. Una vecina, que viene de la compra con una bolsa en cada mano, se da cuenta de que una de estas placas no lleva a ninguna parte; tiene que salir del laberinto. El vendedor discapacitado de la ONCE, con sus dos muletas y los cupones prendidos en la camisa, sube y baja por General Ricardos bordeando las vallas que le resguardan de las largas excavaciones, las tuberías desparramadas y los escombros. Las señales para el paso de peatones sobre las vallas miran hacia los escaparates; no sirven para nada. Por todas las calles adyacentes bajan riadas de seguidores del Atlético de Madrid con sus bufandas rojiblancas, los mismos colores de las balizas y las barreras de seguridad portátiles. Da la sensación de que las han puesto para encauzarlos hacia el estadio. Un vehículo estacionado se ha quedado encerrado entre las vallas. "Quítala, Fran". "No se puede". "Sí que se puede. Quítala, que tengo que sacar el coche de aquí". En la glorieta, los vendedores vociferan su mercancía. "Pantalones de leopardo a dos euros". En la misma entrada del suburbano, la vendedora de tortillas ha colocado un saco de cuadros en el suelo. El saco se mantiene tieso, como si dentro hubiese un cubo. Los viandantes extranjeros preguntan. Ella asegura que se han hecho por la mañana. Hay oferta si se compran a pares. En una bolsita de plástico se las llevan.

La venta ambulante de tortilllas caseras puede constituir un peligro para la salud, pues se trata de alimentos no sujetos a las medidas higiénico-sanitarias adecuadas. Las obras del Plan E destruyen el paisaje urbano, perturban la vida del barrio y atentan, también, contra la salud, pues producen contaminación acústica y ensuncian el aire con plovo y partículas en suspensión. Las obras son para que unos hombres se ganen el sustento. La venta ambulante de tortillas es para que unas mujeres se lo ganen también. Las obras son para remediar provisionalmente una situación económica de crisis. La venta ambulante de tortillas también, al menos hasta que la cocinera y la vendedora encuentren un empleo mejor. Estas son las cosas que el Plan E y la venta ambulante de tortillas tienen en común, sin embargo hay sustanciales diferencias. Las obras del Plan E son legales, tienen publicidad en grandes letreros y en los medios de comunicación. La venta ambulante de tortillas es economía sumergida, se hace a escondidas, parece que no existiera. Las obras se ejecutan tranquilamente, sin prisas. La venta ambulante con la mercancía por el suelo requiere rapidez, sobre todo, en la huida.


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viernes, 30 de octubre de 2009

Cinco meses o más para una endoscopia

En el hospital Infanta Sofía, ubicado en San Sebastián de los Reyes (norte de la comunidad de Madrid), durante este mes de octubre están dando citas para realizar las endoscopias en febrero. Así que mi primo tiene que esperar cinco meses o más para saber a qué se debe ese dolor de estómago que no le permite comer ni dormir. Cuenta mi primo que el dos de octubre, tras salir de la consulta de su médico, se dirgió al mostrador de su centro de salud para que le dieran cita. La persona que le atiende pide la cita al Infanta Sofía por ordenador o fax, no le queda claro. Después le dice que desde el propio hospital le llamarán a casa por teléfono para comunicarle la cita. Mi primo pregunta:
-¿Cuánto tardarán en llamar?
-No sé, pero si pasan más de quince o veinte días habría que preocuparse, tenga en cuenta que ese tiempo es sólo para comunicarle una fecha.


El ventidós de octubre -o sea, veinte días más tarde- mi primo aún no había recibido la llamada del hospital para la cita. Acudió a su centro de salud por si sabían algo. Le indicaron que no había llegado fax alguno con la respuesta y en el ordenador tampoco había novedad. La señora que le atiende en el mostrador asegura:
-Lo único que consta es que se ha enviado la petición de cita.
-Sí, pero ha pasado bastante tiempo. ¿Qué solución me dan?
-Si quiere le doy el teléfono del Infanta Sofía o vaya usted directamente al hospital.


"Querida prima, me lo temía. Ellos no van a trabajar para solucionarlo; tiene que currárselo el paciente". Así que mi primo se fue al hospital y se situó en la larga cola de espera ante el mostrador de admisión. Llegado su turno, explicó su caso. Respuesta:
-¡Uy! Para las endoscopias tardan más de un mes en llamar. No obstante, déjeme un momento los papeles.


La funcionaria, que tardó más de quince minutos en volver, le dice:
-Si usted no viene al hospital, esta petición de cita nunca hubiera llegado aquí. Ahora le llamarán.
-¿Cuándo telefonearán? -insiste mi primo. Sólo quiero saber el tiempo aproximado.
-No sé, ya le dije que para la endoscopia tardan más de un mes en llamarles a casa. Este mes están citando para hacer las endoscopias en febrero.


Mi primo, un poco pesado, vuelve a preguntar:
-Si llaman en octubre, me citarán en febrero; pero si llaman dentro de un mes -finales de noviembre o ya diciembre-, ¿para cuándo me citarán?
-No sé, pero seguro que, antes de hacer la endoscopia, le llamarán.
-¡Qué bien! Es de agradecer, más que nada porque para hacer una cosa de este tipo es preciso conocer cuándo hacerla. -Seguidamente a mi primo le entró una risa nerviosa.


Mi primo sale del hospital y va pensando en lo que puede suceder para febrero o marzo o abril. "Que el agujero de mi estómago me engulla, entonces no necesitaré la endoscopia; que me sienta bien, luego para qué pasar por la molesta endoscopia; que tenga un tumor enorme y me digan: ¿Por qué no ha venido antes?"

Aquí, la prima, que no sabía cómo consolarle, le envía un mensaje pelín pedante al sufrido paciente: "Querido primo, has vivido una situación kafkiana de ineficacia burocrática en la que se extraviaron tus datos. Te aseguraron que los habían enviado, pero no que llegaran a alguna parte. A la vez, como estamos en España, es también una situación de esas que Mariano José de Larra pinta en sus artículos costumbristas, ya sabes, sobre la pereza y dejación con que nos tratan, así nos estemos muriendo". Mi primo contesta: "Querida prima, no ha nacido genio literario, científico ni de otro tipo que desentrañe los entresijos de la burocracia en la sanidad pública madrileña". Sólo la elogian la presidenta de la Comunidad y su consejero de Sanidad, pero ellos la ven con los ojos del poder y, desde luego, no la sufren como nosotros, que somos unos primos, nada más que eso, un montón de primos embaucados fácilmente.


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lunes, 19 de octubre de 2009

Churro, media manga... Una dola tela...

Las cinco de la tarde, salíamos corriendo del colegio, llegábamos a casa, dejábamos la cartera y de nuevo a la calle antes de hacer los deberes (o después, depende). Ni a merendar parábamos en casa. Bajábamos con el bocadillo en la mano: pan y jamón, pan y chorizo, pan y chocolate. Se jugaba por todas partes, en el barrio o más lejos: en un solar sucio, en un barrizal, entre bloques de edificios, en cualquier explanada. Cuando encontrábamos un muro medio derruido decíamos: "Vamos a jugar a la muralla". Nos juntábamos para jugar a lo que fuese. Pocas cosas hacían falta. Una goma o una comba para saltar, una pelota. Una tiza para dibujar una muñeca en el suelo y una piedra para lanzarla casilla a casilla. Un simple palo bastaba para marcar el campo sobre la arena y jugar al balón prisionero. Las manos, para escarbar la tierra y hacer un gua para jugar a las canicas. Una pared, para jugar a burro. Era uno de los juegos más espectaculares, practicado por niños y niñas, aunque casi siempre por separado porque los chicos eran "unos brutos". "Una dola tela catola..." para echar las suertes y formar dos equipos. El que hacía de madre, colocado de pie con la espalda en la pared, sujetaba la cabeza del primero de los que formaban el burro. Éste, el primero, se inclinaba -como un burro, claro- exponiendo su lomo; apoyado en su trasero o entre sus piernas otra criatura se colocaba en la misma posición y, así, hasta formar una hilera de lomos preparados para recibir los saltos del otro equipo. A la voz de "¡Burro va!", uno a uno saltaban colocándose a horcajadas. Si el burro no se había caído, venía lo de "Churro, media manga, manga entera". Tenían que adivinar si se había elegido puño, codo u hombro. Era un juego un poco rudo, pero muy divertido. Se aprendía por imitación o porque te lo enseñaban otros niños, como todos los juegos de entonces. Hoy los niños ya no juegan en la calle, si acaso en verano y mientras dura el buen tiempo; después, desaparecen. Ven la televisión y juegan en casa a la consola, la pesepé, la deese, el ordenador y otras maquinitas. Muchas clases extraescolares y deportes en recintos bien delimitados.

Han cambiado los tiempos, pero no se le puede achacar todo a la televisión y a las nuevas tecnologías. Otros factores influyen pues también han cambiado los espacios, nuestros hábitos y actitudes. La calle ya no es un espacio inmenso donde divertirse. El espacio para jugar se ha restringido a los parques. Estos tampoco son como antes, ahora son recintos cerrados con muros y verjas y, dentro del propio parque, el área infantil también está delimitado con otra vallita de colores. Ahí se concentran los columpios y los toboganes para los más pequeños. El mobiliario urbano para niños ha ido menguando. Han desaparecido los toboganes altos y los columpios grandes repartidos por el parque donde nos mezclábamos los de todas las edades. Ahora, los pequeños, en su corralito de colorines, y los grandes, en las canchas si es que el parque las tiene. Actualmente los niños no salen solos a la calle, sino que van siempre acompañados de adultos: padre, madre, abuelos, tíos, cuidadores. El miedo se ha apoderado de nosotros y ha convertido a los niños en nuestros prisioneros. Antes nuestras madres nos advertían para que no nos descalabráramos. Las costras perpetuas en las rodillas. "Hija, ten cuidado, un día te vas a partir la crisma"; "A las diez en casa"; "No cojas nada que te dé un extraño"; eso era todo contra los peligros. Pero hoy tenemos muchísimo miedo: a los coches de los que conducen como locos, al tráfico de drogas, a los pederastas. Malvados que se llevan, violan y matan a los niños. Tanto miedo infunden los malhechores, que ni a los niños se manda a los recados. El miedo se ha llevado lo mejor que teníamos: la transmisión de canciones y juegos populares, el sentimiento de identificación con el barrio, las relaciones con otros niños, el aprendizaje de normas y valores desde pequeños y, sobre todo, la libertad de ir, venir y jugar donde diera la gana. ¡Malditos los monstruos que nos hacen sentir miedo! Ahora los niños padecen obesidad y trastornos alimenticios, se les tacha de egoístas y agresivos, en fin, complicados problemas. Pobres chiquillos con teléfono móvil. Sólo perdura una cosa: la necesidad que tiene un niño de jugar con otros niños. "¿Por qué no juegas?". "Es que Pili no me ajunta". Pili: "Mentirosa, sí que te ajunto y te dejo 'primer'".
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miércoles, 7 de octubre de 2009

8 OCT. DÍA MUNDIAL DE LA VISIÓN. "Letra pequeña, letra discriminadora en los contratos"

En nuestras sociedades tan posmodernas, y sólo supuestamente solidarias, la documentación para hacer un contrato sigue teniendo el apartado de letra pequeña, en la que figuran cláusulas y condiciones que no somos capaces de leer. Se nota que es una letra microscópica hecha adrede. A veces se usa para ella un color diferente, un gris suave o un verde pálido que apenas destaca sobre el blanco o el color claro del papel. Hecha aposta para dificultar la lectura y, por tanto, el entendimiento. Para que nos cueste enterarnos. Nos obliga a forzar la vista. Los miopes acercamos el papel, otros lo alejan, pero nadie la ve. Es difícil leer más de dos líneas. Cuántas veces hemos deseado tener una lupa a mano para ver qué pone. Esta letra constituye una barrera para todos los que vemos, pero es también una letra que descarta absolutamente a los deficientes visuales, en este sentido es una letra discriminadora.
En nuestras sociedades, tan avanzadas, seguimos consintiendo este oprobio, este hecho innoble, grosero y desatento. Tendría que ser al revés: facilitar la visión, letra apta para los ojos, letra grande y nítida para los ojos de los deficientes visuales. Parece algo tan evidente. Puede que a alguien le parezca normal la letra pequeña o que la justifique de algún modo, por ejemplo diciendo: "Pues que se aguanten, no se va a gastar papel sólo para ellos". ¡Cuánto papel se gasta para nada! Letra pequeña, letra asquerosa, indigna y humillante. Pero el tamaño de las letras lo eligen las personas. La empresa que diseña un contrato con esa letra tan pequeña sabe lo que hace: rebaja, anula, discrimina. La empresa que redacta un contrato con esa letra tan pequeña se delata a sí misma. Tú eliges qué tipo de empresa quieres tener.

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martes, 6 de octubre de 2009

Sin plata para sus ojos

En los basurales de las lomas del desierto, frente al gran océano, los niños padecen muchas enfermedades, las propias de todas las poblaciones y las derivadas de vivir trabajando con los residuos; todas ellas agravadas por la carestía de la asistencia sanitaria. Cuando se ha nacido en esta parte del mundo, limitada es la esperanza respecto a las enfermedades de los ojos. La mayoría de adultos y de niños, que no ve bien, no lleva gafas. Los contados niños que las tienen, las usan con graduaciones que ya no correponden. No hay revisiones periódicas y, por supuesto, las dioptrías que se necesitan tampoco se actualizan con nuevas lentes. Los modelos de gafas son muy antiguos y de bastante mala calidad.

Una tarde de verano las niñas estaban jugando al balón. A la única niña que llevaba gafas se le cayeron. Al recogerlas, observó que algo faltaba. Ella -entre lágrimas- y sus amigas se afanban en buscar un pequeño tornillo. Éste no unía una de las dos varillas con el frontal, sino que era un tornillito que unía el propio frontal. Esta pieza, el frontal, no era una sola cosa sino dos, es decir, se dividía en parte superior y parte inferior. En cada extremo había un tornillito que juntaba ambas partes. Si faltaba el tornillito de la izquierda, se separaba el frontal y caía la lente izquierda. Con la parte derecha, lo mismo. Era un modelo realmente extraño. Las niñas encontraron el tornillito, se colocó en su sitio, pero el endeble metal de la montura estaba muy desgastado; el tornillito ya no enroscaba bien. Se volvería a caer. A los pocos días la niña apareció con la misma gafa y, en lugar del tornilito, un trozo de alambre retorcido. Otro día la niña llegó sin gafas y, así, ya, todos los días. Entre tanta penuria no hay plata para unas gafas nuevas, ni montura ni cristales.

La mayoría de los niños nunca ha pasado por la consulta de un oftalmólogo, no los hay por allí. Pero, aunque les viese algún especialista, tampoco serviría de mucho. Hay niños extremadamente bizcos y así continúan en la edad adulta, un mal que en los países ricos apenas ya se ve, pero ni para eso hay plata. Las familias más pobres no invierten en los niños con deficiencias físicas o psíquicas. No es que los padres no los quieran o no los atiendan, es que la plata no llega por lo que suponen que, en cualquier caso, los más débiles van a perecer. Se necesita mucha plata para un ciego, cuidados, colegios y profesores con conocimientos especiales. La poca plata que se tiene se invierte más en los hijos sanos y fuertes, en los que sobrevivirán, estudiarán y, quizá, saquen a la familia de la miseria. El resto allí queda, a veces van al colegio, a veces, no, con sus brillantes ojos almendrados entre polvo, humo y niebla por los cerros de basura del desierto.
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martes, 29 de septiembre de 2009

Personas No, dinero SÍ. Rifirrafe en una caja de Madrid

Antes en la caja se podían pagar los recibos de servicios varios y hacer ingresos en las comunidades de propietarios durante el horario habitual y completo de atención al público. La usuaria, normalmente, iba por la mañana de ocho a dos cualquier día hábil de la semana. Pero hace dos años ese horario ha quedado restringido. En la sucursal de la caja donde la usuaria suele ir han puesto un cartel que reza: “Pago de recibos. Martes y jueves de 9:00 a 10: 30 h. del 10 al 20 de cada mes, en su oficina”. El cartel también indica que si “usted es cliente” de esa caja puede pagar recibos durante las 24 horas del día a través de tres vías: oficina telefónica, internet y cajeros automáticos. El cartel concluye recordando que se gestiona la domiciliación de recibos. La usuaria lo ha leído íntegramente.
Llegado el jueves 20, la usuaria no ha podido hacer el ingreso en la comunidad de propietarios, pero como conoce el letrero cree que puede ir el viernes 21.
USUARIA. -Buenos días, vengo a hacer un ingreso en esta cuenta.
CAJERA. -El pago de recibos es los martes y jueves de nueve a diez y media del 10 al 20 de cada mes.
USUARIA. -No quiero pagar un recibo, quiero hacer un ingreso en la comunidad de propietarios.
CAJERA. -Ya le he dicho que hoy no es.
USUARIA. -En ese cartel sólo pone “pagos de recibos”.
CAJERA. -Es también para ingresos en comunidades de propietarios.
USUARIA. -Pero no lo pone en el cartel, luego esa información está incompleta. Ustedes tienen que informar correctamente para que los usuarios nos podamos orientar.
CAJERA. -Incluye los ingresos en comunidades.
USUARIA. -No figura. Los usuarios no somos adivinos. Si no puedo hacer el ingreso usaré la hoja de reclamaciones e indicaré deficiencias en la información.
El director de la sucursal ha oído la conversación y sale en auxilio de la cajera o para dar más autoridad.
DIRECTOR. -Señora, los pagos de recibos e ingresos en comunidades de propietarios son del 10 al 20 de cada mes.
USUARIA. -Señor, en el cartel sólo pone “pago de recibos”. La información es incompleta. ¿Cómo lo saben los usuarios si no está escrito?
DIRECTOR. -Lo pone en el tablón de anuncios.
El director va al tablón de anuncios, regresa con una hoja y le da la vuelta.
DIRECTOR. -Aquí lo pone.
USUARIA. -Muy bien. Viene escrito en una hoja impresa en letra pequeña por las dos caras. Esto figura en el reverso, que es justamente la cara pegada a la pared y oculta a la vista del público. ¿Usted cree que los usuarios se deberían dedicar a girar las hojas del tablón de anuncios para informarse de todo?
DIRECTOR. -Bueno, lo pone.
USUARIA. -Sí, mirando a la pared. En el cartel deberían constar todos los grupos a los que atañe: pago de recibos, ingresos en comunidades y pago de alquileres. Sigo pensando, pues, que la información es insuficiente, así que quiero hacer el ingreso.
DIRECTOR.-Puede usted pagar cualquier día por banca telefónica, internet o cajeros automáticos.
USUARIA. -Ya lo he leído, pero es para clientes. No hay nadie en la cola, estoy aquí y quiero hacer el ingreso. Voy a poner una reclamación diciendo que la información es muy deficiente.
DIRECTOR. -Pues llame al servicio de atención al cliente.
USUARIA. -No, prefiero hacer la reclamación por escrito.
DIRECTOR. -En el servicio de atención al cliente le atenderán muy bien.
USUARIA. -Ya, pero -por si acaso- las reclamaciones siempre las hago por escrito, me gusta guardarme las copias y que las lean en consumo. Allí tienen otro cartel que dice que tienen hojas de reclamaciones. Las tienen ¿no?
DIRECTOR. -Sí. Excepcionalmente vamos a aceptar el ingreso, pero excepcionalmente.
USUARIA. -En ese caso, excepcionalmente no usaré la hoja de reclamaciones, pero excepcionalmente.
DIRECTOR. -¡Ja, ja, ja! Se ríe el señor director, la usuaria cree que se ríe de ella.
USUARIA. -¡Je! Una mueca, se ríe levemente de la repugnancia que siente por todo.
El director se distancia. La usuaria y la cajera proceden al ingreso.
USARIA. -Adiós. Buenos días.
DIRECTOR. -Adiós.
La usuaria sale de la sucursal. Le sale humo de las orejas y de los talones, parece una locomotora a vapor. Va pensando que se produce una obligada reducción de la presencia personal al tiempo que la imposición de la gestión a través de las vías a distancia. A algunas personas les puede favorecer: a las que trabajan o están muy ocupadas y tienen suficientes recursos para utilizar esas vías. Al resto, ancianos que no saben usar las nuevas tecnologías, desfavorecidos que no disponen de esos artilugios, disidentes de tanta pamplina, les dejan un tiempo muy reducido. La presencia de todos estos sujetos ha de ser la mínima. Molestamos, hacemos colas, llenamos el local con carritos de bebés, bolsas de la compra y abuelos, les rebajamos a su condición de simples cajeros, les hacemos trabajar. ¡Maldito cartel! Es como si tras el cogote nos dijeran:”Sólo queremos vuestro dinero. Como personas no os queremos ni ver por aquí”. A lo mejor se creen que no nos hemos dado cuenta de que la obra social de esta caja de Madrid es pura mercadotecnia que sólo sirve para lavar su mala imagen.
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