El trabajo infantil en la segregación y el reciclaje
de basura se da de formas variadas, dependiendo de las circunstancias
familiares. Así, los niños pueden trabajar en los corralones de su
propia familia aprendiendo el oficio en el hogar desde muy pequeños. Los
niños, niñas y adolescentes también van a trabajar a los grandes
corralones donde son contratadas sus madres, abuelas, tías. El resto,
los que no encuentran empleo ni siquiera en los corralones, recolectan
los residuos en solitario o acompañados de sus hermanos y madres en
diferentes lugares: por las calles de la ciudad, por los escondrijos de
los basurales, entre los muros caídos. Algunos chiquillos más osados los
extraen de los vertederos, lo cual está prohibido. Después los
recolectores venden los desechos que han reunido a los propietarios de
los depósitos.
En las mañanas de verano es como si los niños y niñas de los
asentamientos humanos hubiesen desaparecido. Trabajan más debido a las
vacaciones estivales. A veces hacen algún descanso o les envían a algún
recado, entonces se les ve por las calles muy sucios –la cara, los
brazos, las manos- y sus ropas son verdaderos harapos –parecen de otro
tiempo o venidos de una gran catástrofe. Esto les produce gran timidez y
cuando divisan a los conocidos, se esconden o se limitan a saludar de
lejos. Son las ropas viejas, destrozadas, andrajosas que se ponen para
trabajar y de este modo preservar otras prendas mejores. Estas últimas
son las que visten a la tarde, cuando ya se han lavado y salen a la
calle mostrándose mucho más simpáticos, afables y risueños.
Los niños y niñas de los corralones familiares comienzan segregando
residuos desde pequeños (cinco, seis años), cuando son algo más mayores
(nueve o diez) van aprendiendo a limpiar los materiales. Además de
separar plásticos, vidrios, cartones y metales, ya se dedican, por
ejemplo, a pelar botellas, arrimándolas a la candela para que se
ablanden las etiquetas. Los niños padecen los duros inconvenientes de su
trabajo. Los más pequeños manifiestan que lo peor de trabajar es que
les duelen los pies y acaban cansados. A los niños mayores lo que más
les molesta son los gritos, que les regañen. Para todos, lo mejor de
trabajar es que "dan plata".
Los niños que recolectan por las calles aprecian todo tipo de
materiales, pero buscan "fierros" y otros metales –cobre, plomo- porque
saben que es lo que mejor se paga. Conocen, tan sólo a medias, que hay
riesgos de todo tipo: accidentes laborales, enfermedades y violencia.
Entrar en el gran vertedero para conseguir materiales es complicado, hay
guardianes. A los críos les turba la simple visión del contorno del
vertedero en el horizonte. Cuentan historias sobre el gran botadero,
creen haber oído disparos al aire.
Los niños y niñas de los asentamientos humanos van al
colegio, pero no todos ni con regularidad. El absentismo escolar se
produce por causas diversas: enfermedades y accidentes de los que no se
acaban de curar por la carestía de la asistencia sanitaria, desatención
por parte de los padres o tutores (abuelos, tíos, hermanos adultos) y,
también, porque los niños se ponen a trabajar. Hay niños que ya no
estudian y se dedican exclusivamente a trabajar; otros compaginan ambas
cosas, por ejemplo reciclando sólo en ratos libres o en las vacaciones
de verano. Algunos niños han dejado de reciclar porque los padres se han
convencido de que es un trabajo peligroso, aún así no hay suficiente
concienciación sobre el trabajo infantil en general. Son muchos los
niños que siguen reciclando, los que trabajan en otros empleos que se
consideran menos nocivos y los que realizan tareas que no se aprecian
como trabajo pero que, en cualquier caso, son actividades y
responsabilidades que corresponden a los adultos. Cuidan y cargan con
sus hermanos o sobrinos menores durante toda la jornada laboral de sus
progenitores; se ocupan de las labores domésticas (cocinar, fregar,
lavar la ropa); trabajan en empleos diferentes al reciclaje: hacen
bisutería, venden comidas, lo que surja.
Los motivos por los que los niños trabajan son fundamentalmente dos:
la tradición cultural y la necesidad perentoria de subsistir. En los
asentamientos humanos sigue muy arraigada la vieja idea de que los niños
deben trabajar, ganarse el sustento y ayudar a la economía familiar.
Esto puede dar lugar a que los niños combinen colegio y trabajo, también
a que sus padres o tutores decidan que es más importante trabajar que
estudiar. Otros niños, desde edades muy tempranas –siete, ocho años- y
adolescentes trabajan por pura necesidad. Acuden a los corralones o
juntan residuos por las calles para obtener unas monedas con las que
comprarse algo para alimentarse cada día.
Las ONGs y algunas instituciones tratan de contrarrestar la cultura
del trabajo infantil concienciando sobre los derechos de los niños a la
educación y a la recreación. Se pagan matrículas y se propicia que los
niños asistan diariamente al colegio. Los comedores sociales procuran
alimento para las familias más pobres. Pero todo es insuficiente cuando
la pobreza es extrema y las familias están descompuestas: padres que
desaparecen, madres enfermas o con muchos hijos, niños que se encargan
de sus hermanos, abuelas ancianas que hacen de madres. En estas
condiciones bastantes niños quedan desamparados y han de buscarse la
manera de sobrevivir por sí mismos, incluso de alimentar a los suyos.
Por tanto, el trabajo infantil no es un simple asunto de concienciación;
en los basurales el absentismo escolar, el deambular de los niños por
las calles buscando y recolectando residuos para luego vender es también
consecuencia del hambre. No debiera ser necesario decir que el trabajo
infantil es siempre un problema de explotación.
Los recicladores recuperan residuos sólidos orgánicos e
inorgánicos. Los primeros van destinados principalmente a la
alimentación de cerdos. Entre los segundos los más comunes son:
plásticos (botellas, envases, bolsas), vidrios (recipientes, botellas),
papeles, cartones, metales diversos y chatarra (hierro, cobre, latas),
baterías de coche, suelas de zapatilla. A veces hay cosas sorprendentes
como el material de hospital. Pero aún hay cosas más insólitas: el papel
higiénico usado. Las personas de fuera se quedan boquiabiertas –en
semejante situación es sólo en sentido figurado- y se preguntan: ¿Pero
eso se recicla? ¿Para qué se recicla? Nadie lo explica, pero lo cierto
es que se acopia.
En la gran capital el papel higiénico no se desecha por el inodoro,
quizá debido a los atascos, deficiencias en los desagües u otros
motivos. Así que el papel higiénico ya usado se deposita en cubos cuyo
interior está forrado con una bolsa, la cual, cuando está llena, se
retira y va a parar a los camiones de basura.
Una mañana olía peor de lo acostumbrado en el valle. Una montaña de
una masa grisácea apareció entre las casas y las chancherías. Su
pestilencia era insoportable. Se hacía difícil hasta la respiración. Era
papel higiénico usado. A uno de los vecinos le habían pagado por tener
aquella inmundicia delante de casa. Los meses que estuvo, pasó a formar
parte del paisaje y el aire de todos los que vivían y pasaban por allí.
La mierda de los habitantes de la gran ciudad, mobiliario urbano de los
más pobres, de los que aún se apañan con letrinas. En medio de tanta
porquería, la mierda-mierda repugna enormemente a los forasteros, pero
no tanto a los que viven allí. Una vez fue retirada, las vistas tampoco
mejoraron demasiado. Desapareció la montaña gris, pero quedó su rastro:
tierra maloliente, seca, del color del plomo.
En el conjunto de los asentamientos humanos del cono
norte es perceptible la pobreza, el humo, la suciedad, el hedor, pero en
el valle de los corralones todo eso se agrava enormemente. El impacto
sobre el aire, la tierra y el paisaje lo convierte en un escenario
asfixiante, desolador si se considera que familias enteras hacen allí su
vida cotidiana.
La frontera entre los corralones y la calle no siempre está clara
pues los hay amurallados, a medio amurallar y derruidos por completo. De
todos modos los residuos están dentro y fuera de ellos, en cualquier
parte. Hay bolsas de basura abiertas y cerradas en la calle, escondida
entre cerros, claramente visible en las explanadas, pegada a los muros
de las chabolas. Montones de lo que parecen escombros, pero que también
podrían ser cosas útiles. Regueros de cualquier líquido que han dejado
marcada la tierra con su rastro y su pestilencia. Moscas e insectos que
van saltando conforme el caminante avanza, como abriéndole paso. Ratones
vivos y muertos sobre los que se pisa sin apenas darse cuenta. Terreno
oscuro, inundado de latas de conserva a las que ya han quitado las
etiquetas, sobre el que se asientan los chamizos más ruines.
La falta de higiene y la pobreza provocan el aumento de los
parásitos y su persistencia. Los perros tienen pulgas, garrapatas, en
algunas partes de su cuerpo les falta el pelo quedando a la vista la
carne viva, rosada, es el efecto de la sarna, de la cual algunos niños
también se contagian. Abundan los piojos y las liendres que las madres
quitan con las manos. No se usan repelentes ni productos farmacéuticos
para eliminarlos, si acaso se recurre a la gasolina, que se echa sobre
la cabeza, resbala por la melena y abrasa la piel de la espalda de las
niñas.
La segregación y acondicionamiento de los materiales
para reciclar se realiza en las viviendas familiares con corral y en los
grandes corralones, donde las bolsas de basura se amontonan cubriendo
casi todo el suelo y subiendo por las paredes. En las viviendas con su
pequeño o mediano corral, en el que se crían animales para el
autoconsumo y se deposita la basura para segregar, suele trabajar la
familia, entendida en sentido amplio. En los grandes corralones, además
de la familia, acuden otros vecinos a separar, limpiar y preparar los
residuos. Pero, tanto en las viviendas familiares con corral como en los
grandes corralones, todo el trabajo se realiza a mano, abriendo bolsas,
revolviendo la basura. No hay maquinaria específica (grúas, cintas
transportadoras), tan sólo los camiones que llegan cargados de desechos.
Los adultos y niños realizan el trabajo sin medidas de seguridad
laboral; ni les proporcionan ni tienen guantes, uniformes, mascarillas,
calzado adecuado. Las manos están negras en los primeros minutos de la
jornada. No se puede estrechar la mano del visitante, aunque los
trabajadores son afables y para el saludo ofrecen el antebrazo.
Los recicladores, al carecer de medidas de prevención mientras
realizan su faena, quedan expuestos a accidentes y enfermedades
laborales: cortes, infecciones, parásitos, mordeduras de roedores; hasta
hepatitis y otras enfermedades contagiosas (algunos desechos proceden
de hospitales). La cercanía -en bastantes casos la coincidencia- del
lugar de trabajo y la casa supone para las familias vivir rodeados
constantemente de olores pestilentes, falta de higiene y peligros para
la salud.
En algunos corralones además de basura hay pequeñas empresas de
transformación. De vez en cuando un sobresalto, por ejemplo una
explosión. Posiblemente hay trabajadores heridos. Coches de policía y
mucho trasiego. El gas se eleva, se extiende por el valle y se produce
la alarma. Es un gas que irrita los ojos y la piel. "Váyanse, es
peligroso", recomiendan a los forasteros.
Los asentamientos constituyen un potencial mercado.
Varios factores contribuyen a ello: su carácter de pueblos jóvenes, en
los que se carece de servicios y comercios; su numerosa población
–multitud de familias que han ido y siguen yendo a ganarse la vida y a
residir-; su emplazamiento, alejados y separados del resto de la ciudad.
Los negocios pueden ser prósperos si evitan a los pobladores
desplazarse al centro para comprar, es decir, si los abastecen, al
menos, con lo básico: agua, comida, medicamentos, ropa. Estos son los
motivos por los que florecen por doquier los pequeños y pequeñísimos
comercios, muchos de ellos dependientes de los microcréditos.
Las bodegas son tiendas de comestibles no perecederos o de fácil
conservación: arroz, pan, galletas, pasta, leche envasada, frutas. A
nada que la tienda es un poco más grande puede haber chanclas, algo de
ropa y pequeños utensilios. Las bodegas son ya por sí mismas tiendas
medianas o pequeñas, pero aún las hay más pequeñas como son la mayoría
en los asentamientos. Las bodeguitas suelen ubicarse en la primera
estancia de la casa o en cuartos a pie de calle. Generalmente son
establecimientos muy oscuros, en los que no se enciende la luz por el
día aunque se carezca de ventanas. Pueden constar de lo mínimo: un
mostrador y una estantería. Suelen tener frigorífico –oculto a la vista
del cliente- donde guardan el agua, los refrescos y las cervezas. En
alguna bodeguita puede haber un banco o unas sillas para que los
clientes descansen y tomen su refrigerio. Algunas tienen puertas con
barrotes, es común que a través de ellos se vendan las mercancías por
miedo a los atracos.
Hay restaurantes y puestos de comidas; es necesario distinguirlos
porque no son exactamente lo mismo. Los primeros son excepcionales, o
sea dos o tres restaurantes espaciosos –pero sin lujos-, con cocina y
mostrador, aseos y grifos vinculados a algún depósito de agua. El resto
son puestos o diminutos locales donde se elaboran y sirven menús.
Bastantes mujeres se han decidido a ponerlos con lo más elemental: una
parrilla o una cocina con su bombona de gas, las ollas y un par de
mesas. Al atardecer aumentan las casas donde se venden comidas, en
verano se hace hasta en la calle. Un pariente cercano de los puestos de
comida es la venta ambulante. En muchas viviendas preparan platos,
helados (marcianos y chupetes), gelatinas, chocolates que se venden en
la misma casa o yendo con carretas por los lugares más concurridos:
donde hay niños (recreos), a las puertas de los corralones donde hay
recicladores que necesitan comer en los descansos.
Otros comercios diseminados por la zona, pero en menor medida, son
las boticas cuya mercancía es tan propia de las farmacias como de las
droguerías. Hay, aunque escasos, locales de papelería donde también se
hacen fotocopias. Incluso alguien se ha atrevido a poner un
establecimiento con cabinas para usar internet.
Algunos de los comercios se vuelven prósperos debido a la gran
demanda; se obtiene dinero para devolver el microcrédito y se solicita
otro para ampliar el negocio. Hay oportunidades, aunque puede ocurrir
que las previsiones no se cumplan; además, emprender negocios dentro de
tanta penuria significa asumir un riesgo que puede producir mucho dolor.
Un día el futuro se oscurece porque se resquebraja el juego de los
microcréditos y las ilusiones aparejadas. La cerda en vez de tener una
camada numerosa, tiene sólo dos crías escuálidas, que hasta podrían
perecer. En cualquier caso, de su venta no se obtendrá lo suficiente
para hacer frente a los microcréditos. No habrá dinero para volver a
invertir en unas ollas, unas mesas, lo justito para un puesto de
comidas. Se rompe el cántaro como en el cuento de La lechera, sólo
que en los basurales la decepción lleva al alcohol y a la hoja de coca.
Ese día no se ve ni a los hijos, perdido todo, la esperanza y la
cabeza, llorando borrachos, verde la boca.
Los asentamientos forman un conjunto aislado,
desgajado del resto del distrito al que pertenecen. Su principal vínculo
con el exterior es la "pista", la única carretera asfaltada con un
carril de ida y otro de vuelta, sin línea continua ni discontinua, ni la
del arcén. Por ella transitan el "chancho" y el "loro" que van y vienen
del centro de la ciudad. El "chancho" tiene un largo recorrido por el
distrito, el "loro" llega por la gran autopista del norte. Ambos
coinciden en esta última y tienen parada en el "óvalo", que viene a ser
–aunque no lo es- como un intercambiador de transportes. Allí se desvían
hacia la derecha camino de los cerros. A la altura del mercado al aire
libre la carretera se bifurca, derecha e izquierda, pero los trayectos
de los vehículos –incluidos los autobuses- siguen de frente por caminos
de arena, todos polvorientos, algunos escabrosos.
El "chancho" y el "loro" son autobuses antiguos, pero de los más
grandes que van por allí. El "chancho", que por fuera es de rayas
azules, debe su apodo a su morro muy pronunciado que lo asemeja a un
cerdo (chancho). Al "loro" lo llaman así por sus colores, ya que es
blanco con rayas verdes y amarillas. El "chancho" suele ser más
espacioso que el "loro". En ambos los asientos encima de las ruedas son
muy incómodos, de los que hay que sentarse con las rodillas a al mismo
nivel que los hombros. Algunos "loros" tienen más asientos de los
marcados por su inicial diseño (hasta de diferentes formas y
materiales), de modo que queda muy poco espacio entre el asiento y el
respaldo delantero; los pasajeros han de sentarse con las piernas
inclinadas hacia los lados. Suben y bajan cargados de gente, a la cual
no se puede ver si en el interior también viaja una nube de polvo (o de
lo que sea).
La "pista" soporta todo tipo de tráfico: los camiones de basura,
sobre la que van dos o tres personas colocándola constantemente, los
camiones de ladrillos, los coches, las combis, los taxicholos y los
peatones. La combi es una furgoneta con asientos para pasajeros. Su
cobrador abre la puerta en las paradas y –mitad dentro, mitad fuera-
vocea precio y destino. Los taxicholos constan de una moto, en la que va
el conductor-cobrador, y un carruaje, en el que van los pasajeros. La
carrocería es de plástico y, en el interior, suelo de metal con dos o
cuatro asientos. Por la "pista" y los cerros puede llevar ocho, diez
personas, pues el conductor no pierde la oportunidad de ganar más dinero
por un solo viaje; los pasajeros asumen el riesgo de reventón antes de
esperar a que pase otro. Circulan viejas bicicletas, de ruedas tan altas
como las criaturas que se montan. La cruzan cotidianamente en sus
juegos, para asistir al colegio, para ir a reciclar. Por ella mujeres y
niños empujan carretillas con mercancías para vender. Caminantes, la
silla del paralítico, la anciana con la leña a la espalda, los perros.