El diario El País ha publicado dos informaciones en las
que se hace balance de la labor de Juan José Güemes tras abandonar su
cargo de Consejero de Sanidad en la Comunidad de Madrid. La publicada el
19 de marzo remarca las características de su etapa, que principalmente
son :
- Un modelo de sanidad pública en el que se introduce el mercado a
través de la gestión privada de hospitales y la externalización de
pruebas clínicas y trabajos administrativos.
- Una labor controvertida para diversos grupos e instituciones:
sindicatos, partidos políticos, Defensor del Pueblo, Inspección de
Trabajo, Colegio de Médicos, etc.
- La Ley de Libre Elección y Área Única que no gusta a sindicatos, ni a opisición ni a profesionales.
elpais.com: Sanidad pública, gestión privada
La otra información es del 23 de marzo y en ella se hace recuento de
las tareas realizadas y las pendientes, siendo estás últimas las que
hereda el nuevo consejero de Sanidad, Javier Fernández-Lasquetty. Según
las cuentas que echa el propio periódico, Lasquetty tendría que hacer
ventiocho centros de salud y dos hospitales en catorce meses para
cumplir las promesas electorales de Esperanza Aguirre. Todo ello con un
importante recorte presupuestario. El diario elabora sus propias cuentas
porque Sanidad no facilita información actualizada. Güemes ni siquiera
aportó la lista de los centros de salud ya acabados.
elpais.com: Dos hospitales y la mitad de ambulatorios prometidos, en el aire
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Opinión
Después
de leer estos datos no es de extrañar que al consejero Güemes no se le
eche de menos. Entre las diversas opiniones, escojo la de La Asociación
para la Defensa de la Sanidad Pública de Madrid que recibe la noticia de
su marcha con este comunicado:
Observatorio Sanitario de Madrid: Ante la dimisión del Consejero de Sanidad Güemes
La Ley de Libre Elección y Área única de Salud estará aprobada a mediados de abril,
así lo indicó el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid en
rueda de prensa a finales de febrero. Desde hace tiempo colectivos
profesionales y de ciudadanos se han manifestado en contra, entre ellos,
la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Madrid (ADSPM)
que considera el Área Única una "excusa para la privatización". En uno
de sus boletines se avisa: "Esta medida permitirá a las empresas
multinacionales y al sector privado tradicional instalarse en el sistema
sanitario en las mismas, o incluso en mejores, condiciones que los
centros públicos, y acceder al dinero público que se destina a sanidad
pública procedente de los impuestos".
Los centros privados, según la ADSPM, podrán rechazar a los pacientes
cuyos tratamientos sean más caros. El peligro para la Sanidad pública
es el siguiente: "Descapitalizará y deteriorará la sanidad pública que,
además de perder fondos para sus centros, se quedará con los pacientes
más costosos económicamente al tener los centros privados la oportunidad
de realizar selección de riesgos y rechazar a los «no rentables»" La
ADSPM advierte de que la introducción del mercado en el sistema
sanitario provocará desigualdades y marginación. Los más perjudicados
serán: los ancianos, los enfermos crónicos, los discapacitados y los que
requieran tratamientos muy costosos; las áreas rurales y las
económicamente menos desarrolladas. Otras desventajas que prevé son:
desaparición del modelo de equipos en Atención Primaria, ánimo de lucro y
competencia entre profesionales, dificultades para el trabajo
coordinado, problemas de cercanía y accesibilidad para los pacientes,
una sanidad más cara y menos eficiente.
La libre elección, sin restricciones, para la ADSPM es "demagógica" y
"una evidente irresponsabilidad porque es imposible que un mismo médico
o enfermero, e incluso un mismo centro hospitalario, atiendan a los 6,5
millones de personas de esta autonomía".
Lo dicho en este post y las citas se han extraído de textos de la ADSPM, los cuales están en la web Observatorio Sanitario de Madrid (OSM), y que presento seguidamente:
Las explicaciones más completas las puedes encontrar en este boletín:
Libre elección y áreas sanitarias.
Si tienes prisa pero quieres informarte, echa un vistazo a estos trípticos:
La propuesta de Área Única: un retroceso para la sanidad y un nuevo paso en la privatización
El Área Única una excusa para la privatización
Si tienes más prisa aún, este comunicado:
ADSPM sobre reglamentos Comunidad de Madrid Libre elección y Área Única
No
puedo poner los enlaces directos a cada texto. Pero se puede copiar el
título y pegar en el buscador del OSM; el primer enlace te lleva al
texto buscado.
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Recogida de firmas:
MANIFIESTO EN DEFENSA DE LA SANIDAD PÚBLICA
Muchas gracias por tu colaboración.
Después de cinco meses llega el día de realizar la endoscopia, luego llamada gastroscopia
en el Infanta Sofía. La cita es a las cinco de la tarde. Hay que ir en
ayunas o, como mínimo, ocho horas sin comer. Dice mi primo que ya las
podían hacer por la mañana temprano como los análisis de sangre para,
luego, poder comer o beber algo. "Lo malo no es no comer, sino no beber,
ni agua". Así que vamos al Infanta Sofía, exploraciones funcionales,
sala de espera tres. Hay otro paciente, mientras él entra, mi primo va
firmando el protocolo para endoscopias -todos los papeles donde la
enfermera ha marcado con una cruz-. Esperamos. El otro paciente sale con
el rostro rojo y secándose las lágrimas. Nos miramos: "¡Qué mal rollo!"
Llega su turno. Por el pasillo la enfermera le dice que dura tres
minutos. Puede dejar el chaquetón en el aseo. Hay una bata blanca con
pequeños lunares azules y unos patucos verdes en una silla, pero no es
necesario cambiarse. La enfermera le pregunta si lleva dentadura postiza
y si tiene alergia. Después le indica que se tumbe en la camilla sobre
su lado derecho. El médico está todo el tiempo de espalda mirando a la
pantalla de un ordenador; mi primo aún no le ha visto la cara. La
enfermera le coloca piernas, brazos y cabeza, mientras le dice que es
una prueba desagradable pero no dolorosa. Según ella lo más importante
es coger un "ritmo de respiración". Le pone en la boca un plástico duro y
blanco con una circunferencia, un agujero. El médico se acerca pero
bajan la luz. Mi primo asegura que, aunque lo tenía de frente, seguió
sin verle la cara. Vio el endoscopio: un tubo negro con una luz en un
extremo. Comienzan a introducirlo; ha de explorar esófago, estómago y
duodeno. Al llegar a la garganta roza, duele. Fuerte sensación de ahogo.
Cree que no puede respirar ni por la boca ni por la nariz. Mi primo
coge el tubo con las dos manos y lo saca de un tirón. Tose. Siente la
rozadura en la garganta. La enfermera: "¿Por qué te lo has sacado?
Podías haberte rasgado algo". Mi primo piensa pero no lo dice: "Por
instinto, no te jode. No da tiempo a pensar en efectos secundarios
cuando te estás ahogando". No lo dice, no dice ni pío. Tampoco se
disculpa, cree que no debe hacerlo. El doctor tampoco habla, quizá es
mudo o una ensoñación. La enfermera conduce al paciente a la sala de
espera. Mi primo deja de estar aturdido. No sabe cómo humedecer su
garganta, su propia saliva no parece suficiente. La enfermera le dice
que aguarde, coge el protocolo de otro paciente y se va. Le miro y
pregunto:
-¿Qué tal?
-Mal, no lo he podido soportar.
Sale la enfermera con el diagnóstico y le dice:
-Sólo quedaba un minuto.
Mi primo piensa: "Lo que tú digas". Por fin habla con la enfermera:
-¿Para qué me han hecho firmar tantos papeles? En ellos pone que te sedan mediante un catéter...
-No, para una gastroscopia de tres minutos no se seda. Es que no has leído bien los papeles.
"Seguro. Ya se cuidan de que la redacción de los protocolos les proteja
bien las espaldas". De nuevo lo piensa pero no lo dice. No lo quiere
pagar con la enfermera, cree que ella no tiene la culpa ¿o sí? ¿Y el
médico enigmático?
-Puedes pedir a tu médico la sedación total; conlleva riesgos. Algunas
personas -añade la enfermera- lo hacen porque no lo soportan.
El paciente y su acompañante -primo y prima- se van. Porque esa es
otra. En el protocolo se señala que el paciente abandonará el hospital
acompañado de un adulto. ¿Para qué si sedado no va? ¿Por si muere
ahogado? No sabemos leer.
Mi primo va recordando lo que le explicó su médico de cabecera. "Me
dijo que echaban un spray para sedar la garganta. Sirve para tragar el
tubo y disminuir las arcadas. Eso entedí." También recordó lo que le
habían contado amigos que se habían hecho la prueba: a unos les habían
dado un aerosol; a otros una pastilla para chupar. En el Infanta Sofía
no dan nada.
-Es culpa mía. Soy un quejica. No aguanté lo suficiente.
-No te eches la culpa. Es que en la sanidad pública madrileña no gastan un céntimo en atender a los pacientes.
-Es verdad. Lo hacen a lo bruto -mi primo se desahoga-. Ni así se trata a
los animales. Si lo aguantas bien y si no, te jodes. Para ser
coherentes con la realidad deberían redactar un protocolo en el que
quedase claro que hay que venir a hacerse la endoscopia con dos cojones.
-Vaya, salió a relucir ese símbolo de valor viril y machista.
-Lenguaje zafio, pero que todo el mundo entiende, que luego dicen que no
interpretamos bien lo que leemos. Bueno, pues que en el protocolo de la
gastroscopia ponga: "No apta para pusilánimes".
-Eso.
Hace semanas que comenzó la vacunación
contra la gripe A para los grupos de riesgo, pero no se ha producido una
avalancha a la hora de inyectarse, más bien lo contrario. "Tengo asma
pero no me vacunaré de la gripe A" no parece una frase sensata en un
mundo racional, sin embargo las acciones y omisiones alrededor de la
pandemia han provocado que la sensatez, la racionalidad y el sentido
común se tambaleen. Es normal, lógico, racional que alguien
perteneciente a un grupo de riesgo vaya a vacunarse de la gripe A, pero
también nos está pareciendo normal, lógico y racional que no vaya. ¿Por
qué? Por la desconfianza y la falta de credibilidad respecto a todo,
incluidas las autoridades sanitarias. En ello puede haber influido lo
siguiente:
- Información contradictoria sobre la gravedad de la enfermedad.
Al principio hubo un incesante relato de las primeras muertes, lo que
provocó la alarma; después hubo que apaciguar a la población diciendo,
por ejemplo, que más gente se moría por la gripe estacional. Ahora se
dice que la mayoría de los afectados la están padeciendo levemente, como
cualquier otra gripe: unos días en casa y ya está. El léxico también
influye: se la llamó "pandemia" y, ante el temor al pánico generalizado,
hubo que aclarar que el término se referiere a su extensión geográfica,
no a la gravedad.
- Percepción de falta de rigor en la experimentación de la vacuna y de primacía de intereses económicos. Prende
la idea de que la vacuna está hecha a lo bruto, o sea, rápido y mal,
para vender como churros. Así que mucha gente no la quiere ni gratis.
- Falta de claridad y titubeos en torno a los posibles grupos de riesgo.
Se dijo que afectaba más a los jóvenes que a los ancianos; que si no se
vacunaba a los niños, después que si sí; a las embarazadas igual: que
si no, que si sí, pero con una vacuna más suave.
- Desinformación sobre el origen de la pandemia.
Primero se la llamó "gripe porcina" así que su origen se relacionó con
el cerdo, como esto parecía dañino para el comercio se buscó un nombre
más neutro: "gripe A". (De nuevo se intuye que priman los beneficios
económicos). A esto hay que añadir la circulación de diferentes
versiones sobre el origen y no se sabe cuál es la verdadera. Parece que
no hay interés en abordar las causas o en informar sobre ellas.
- Voces alternativas sobre la difusión de la pandemia y la vacuna. Muy difundido por internet ha sido el vídeo con la versión de una monja.
- Presentimiento de manipulación o engaño por parte de los presuntos manipulados o engañados. Cuando
esto ocurre, el presunto engaño no tiene efecto. A este punto han
contribuido todos los anteriores. En definitiva, damos tanta validez a
la charla de la monja como a los discursos procedentes del sistema, es
decir, ninguna.
En los noticiarios de televisión suelen preguntar a algunas personas
si se han vacunado y el motivo. Las respuestas se pueden agrupar en:
"Sí, porque creo en ello"; " No, no me da confianza". Aquí está el
problema: con la gripe A la ciencia, los conocimientos y cuidados
médicos se han convertido en un asunto de creer o no creer. La ciencia
no es creencia, sino demostración: hipótesis, datos, indagaciones,
experimentos. En el caso de la actual pademia como no se demuestra nada,
no se informa sobre las causas, no se sabe si se ha experimentado lo
suficiente, la vacunación pasa a ser un asunto de fe. Lo mismo que en
otras religiones, aquí también surge el escepticismo, el cual puede ser
masivo y extremo cuando no paran de tocarnos las narices. Por eso no es
extraño que los grupos de riesgo no se apuren para vacunarse. Tengo
asma, pero no me vacunaré de la gripe A. Total, según está la sanidad en
Madrid, antes me puedo morir de cualquier otra cosa.
En un enorme cartel, junto al puente, figuran los datos sobre
la remodelación de la glorieta de Marqués de Vadillo. Se puede leer el
nombre del contratista, que durarán ocho meses y lo que cuestan:
4.453.716,90 euros. Son obras promovidas por el Ayuntamiento de Madrid y
están dentro del Plan E (Plan Español para la Estimulación de la
Economía y el Empleo). Sobre el gran letrero también están estampados el
logotipo del Ministerio de Administraciones Públicas y el del Gobierno
de España. Formando conjunto visual con estas obras -aunque nada indica
si están emparentadas- hay otras que suben por General Ricardos dejando
destripadas ambas aceras. Sus esporas se dispersan en forma de zanjas y
vallas también por Antonio López y Antonio de Leyva. En las vallas de
General Ricardos hay unos pequeños carteles blancos en los que pone:
Canal de Isabel II. Estos carteles se alternan con otros de fondo azul
en los que reza: "Estamos trabajando por su ciudad. Perdonen las
molestias". En la glorieta, las obras del Plan E conviven con la venta
ambulante. Próximos a la boca del metro, los vendedores se sitúan con
piezas de ropa, discos compactos, abanicos y algo parecido a unas
tortillas. Son distintas formas de una economía en crisis.
Entre Marqués de Vadillo y General Ricardos hay un incesante
trasiego en medio del caos. Semáforos y policía municipal regulan el
tráfico de unos vehículos que han llegado a una glorieta trastocada.
Peatones van y vienen entre vallas, zanjas, polvo, barrillo y ruido,
mucho ruido. Trabajadores con indumentaria reflectante: unos le dan al
taladro, otros colocan el pavimento, otros se quedan mirando, los menos
manejan la maquinaria amarilla. Por todas partes, endebles placas
metálicas sobre las zanjas para facilitar el paso. Una vecina, que viene
de la compra con una bolsa en cada mano, se da cuenta de que una de
estas placas no lleva a ninguna parte; tiene que salir del laberinto. El
vendedor discapacitado de la ONCE, con sus dos muletas y los cupones
prendidos en la camisa, sube y baja por General Ricardos bordeando las
vallas que le resguardan de las largas excavaciones, las tuberías
desparramadas y los escombros. Las señales para el paso de peatones
sobre las vallas miran hacia los escaparates; no sirven para nada. Por
todas las calles adyacentes bajan riadas de seguidores del Atlético de
Madrid con sus bufandas rojiblancas, los mismos colores de las balizas y
las barreras de seguridad portátiles. Da la sensación de que las han
puesto para encauzarlos hacia el estadio. Un vehículo estacionado se ha
quedado encerrado entre las vallas. "Quítala, Fran". "No se puede". "Sí
que se puede. Quítala, que tengo que sacar el coche de aquí". En la
glorieta, los vendedores vociferan su mercancía. "Pantalones de leopardo
a dos euros". En la misma entrada del suburbano, la vendedora de
tortillas ha colocado un saco de cuadros en el suelo. El saco se
mantiene tieso, como si dentro hubiese un cubo. Los viandantes
extranjeros preguntan. Ella asegura que se han hecho por la mañana. Hay
oferta si se compran a pares. En una bolsita de plástico se las llevan.
La venta ambulante de tortilllas caseras puede constituir un peligro
para la salud, pues se trata de alimentos no sujetos a las medidas
higiénico-sanitarias adecuadas. Las obras del Plan E destruyen el
paisaje urbano, perturban la vida del barrio y atentan, también, contra
la salud, pues producen contaminación acústica y ensuncian el aire con
plovo y partículas en suspensión. Las obras son para que unos hombres se
ganen el sustento. La venta ambulante de tortillas es para que unas
mujeres se lo ganen también. Las obras son para remediar
provisionalmente una situación económica de crisis. La venta ambulante
de tortillas también, al menos hasta que la cocinera y la vendedora
encuentren un empleo mejor. Estas son las cosas que el Plan E y la venta
ambulante de tortillas tienen en común, sin embargo hay sustanciales
diferencias. Las obras del Plan E son legales, tienen publicidad en
grandes letreros y en los medios de comunicación. La venta ambulante de
tortillas es economía sumergida, se hace a escondidas, parece que no
existiera. Las obras se ejecutan tranquilamente, sin prisas. La venta
ambulante con la mercancía por el suelo requiere rapidez, sobre todo, en
la huida.
En el hospital Infanta Sofía, ubicado en San Sebastián de los Reyes
(norte de la comunidad de Madrid), durante este mes de octubre están
dando citas para realizar las endoscopias en febrero. Así que mi primo
tiene que esperar cinco meses o más para saber a qué se debe ese dolor
de estómago que no le permite comer ni dormir. Cuenta mi primo que el
dos de octubre, tras salir de la consulta de su médico, se dirgió al
mostrador de su centro de salud para que le dieran cita. La persona que
le atiende pide la cita al Infanta Sofía por ordenador o fax, no le
queda claro. Después le dice que desde el propio hospital le llamarán a
casa por teléfono para comunicarle la cita. Mi primo pregunta:
-¿Cuánto tardarán en llamar?
-No sé, pero si pasan más de quince o veinte días habría que
preocuparse, tenga en cuenta que ese tiempo es sólo para comunicarle una
fecha.
El ventidós de octubre -o sea, veinte días más tarde- mi primo aún no
había recibido la llamada del hospital para la cita. Acudió a su centro
de salud por si sabían algo. Le indicaron que no había llegado fax
alguno con la respuesta y en el ordenador tampoco había novedad. La
señora que le atiende en el mostrador asegura:
-Lo único que consta es que se ha enviado la petición de cita.
-Sí, pero ha pasado bastante tiempo. ¿Qué solución me dan?
-Si quiere le doy el teléfono del Infanta Sofía o vaya usted directamente al hospital.
"Querida prima, me lo temía. Ellos no van a trabajar para
solucionarlo; tiene que currárselo el paciente". Así que mi primo se fue
al hospital y se situó en la larga cola de espera ante el mostrador de
admisión. Llegado su turno, explicó su caso. Respuesta:
-¡Uy! Para las endoscopias tardan más de un mes en llamar. No obstante, déjeme un momento los papeles.
La funcionaria, que tardó más de quince minutos en volver, le dice:
-Si usted no viene al hospital, esta petición de cita nunca hubiera llegado aquí. Ahora le llamarán.
-¿Cuándo telefonearán? -insiste mi primo. Sólo quiero saber el tiempo aproximado.
-No sé, ya le dije que para la endoscopia tardan más de un mes en
llamarles a casa. Este mes están citando para hacer las endoscopias en
febrero.
Mi primo, un poco pesado, vuelve a preguntar:
-Si llaman en octubre, me citarán en febrero; pero si llaman dentro de
un mes -finales de noviembre o ya diciembre-, ¿para cuándo me citarán?
-No sé, pero seguro que, antes de hacer la endoscopia, le llamarán.
-¡Qué bien! Es de agradecer, más que nada porque para hacer una cosa de
este tipo es preciso conocer cuándo hacerla. -Seguidamente a mi primo le
entró una risa nerviosa.
Mi primo sale del hospital y va pensando en lo que puede suceder para
febrero o marzo o abril. "Que el agujero de mi estómago me engulla,
entonces no necesitaré la endoscopia; que me sienta bien, luego para qué
pasar por la molesta endoscopia; que tenga un tumor enorme y me digan:
¿Por qué no ha venido antes?"
Aquí, la prima, que no sabía cómo consolarle, le envía un mensaje
pelín pedante al sufrido paciente: "Querido primo, has vivido una
situación kafkiana de ineficacia burocrática en la que se extraviaron
tus datos. Te aseguraron que los habían enviado, pero no que llegaran a
alguna parte. A la vez, como estamos en España, es también una situación
de esas que Mariano José de Larra pinta en sus artículos costumbristas,
ya sabes, sobre la pereza y dejación con que nos tratan, así nos
estemos muriendo". Mi primo contesta: "Querida prima, no ha nacido genio
literario, científico ni de otro tipo que desentrañe los entresijos de
la burocracia en la sanidad pública madrileña". Sólo la elogian la
presidenta de la Comunidad y su consejero de Sanidad, pero ellos la ven
con los ojos del poder y, desde luego, no la sufren como nosotros, que
somos unos primos, nada más que eso, un montón de primos embaucados
fácilmente.
Las cinco de la tarde, salíamos corriendo del colegio, llegábamos a
casa, dejábamos la cartera y de nuevo a la calle antes de hacer los
deberes (o después, depende). Ni a merendar parábamos en casa. Bajábamos
con el bocadillo en la mano: pan y jamón, pan y chorizo, pan y
chocolate. Se jugaba por todas partes, en el barrio o más lejos: en un
solar sucio, en un barrizal, entre bloques de edificios, en cualquier
explanada. Cuando encontrábamos un muro medio derruido decíamos: "Vamos a
jugar a la muralla". Nos juntábamos para jugar a lo que fuese. Pocas
cosas hacían falta. Una goma o una comba para saltar, una pelota. Una
tiza para dibujar una muñeca en el suelo y una piedra para lanzarla
casilla a casilla. Un simple palo bastaba para marcar el campo sobre la
arena y jugar al balón prisionero. Las manos, para escarbar la tierra y
hacer un gua para jugar a las canicas. Una pared, para jugar a burro.
Era uno de los juegos más espectaculares, practicado por niños y niñas,
aunque casi siempre por separado porque los chicos eran "unos brutos".
"Una dola tela catola..." para echar las suertes y formar dos equipos.
El que hacía de madre, colocado de pie con la espalda en la pared,
sujetaba la cabeza del primero de los que formaban el burro. Éste, el
primero, se inclinaba -como un burro, claro- exponiendo su lomo; apoyado
en su trasero o entre sus piernas otra criatura se colocaba en la misma
posición y, así, hasta formar una hilera de lomos preparados para
recibir los saltos del otro equipo. A la voz de "¡Burro va!", uno a uno
saltaban colocándose a horcajadas. Si el burro no se había caído, venía
lo de "Churro, media manga, manga entera". Tenían que adivinar si se
había elegido puño, codo u hombro. Era un juego un poco rudo, pero muy
divertido. Se aprendía por imitación o porque te lo enseñaban otros
niños, como todos los juegos de entonces. Hoy los niños ya no juegan en
la calle, si acaso en verano y mientras dura el buen tiempo; después,
desaparecen. Ven la televisión y juegan en casa a la consola, la pesepé,
la deese, el ordenador y otras maquinitas. Muchas clases extraescolares
y deportes en recintos bien delimitados.
Han cambiado los tiempos, pero no se le puede achacar todo a la
televisión y a las nuevas tecnologías. Otros factores influyen pues
también han cambiado los espacios, nuestros hábitos y actitudes. La
calle ya no es un espacio inmenso donde divertirse. El espacio para
jugar se ha restringido a los parques. Estos tampoco son como antes,
ahora son recintos cerrados con muros y verjas y, dentro del propio
parque, el área infantil también está delimitado con otra vallita de
colores. Ahí se concentran los columpios y los toboganes para los más
pequeños. El mobiliario urbano para niños ha ido menguando. Han
desaparecido los toboganes altos y los columpios grandes repartidos por
el parque donde nos mezclábamos los de todas las edades. Ahora, los
pequeños, en su corralito de colorines, y los grandes, en las canchas si
es que el parque las tiene. Actualmente los niños no salen solos a la
calle, sino que van siempre acompañados de adultos: padre, madre,
abuelos, tíos, cuidadores. El miedo se ha apoderado de nosotros y ha
convertido a los niños en nuestros prisioneros. Antes nuestras madres
nos advertían para que no nos descalabráramos. Las costras perpetuas en
las rodillas. "Hija, ten cuidado, un día te vas a partir la crisma"; "A
las diez en casa"; "No cojas nada que te dé un extraño"; eso era todo
contra los peligros. Pero hoy tenemos muchísimo miedo: a los coches de
los que conducen como locos, al tráfico de drogas, a los pederastas.
Malvados que se llevan, violan y matan a los niños. Tanto miedo infunden
los malhechores, que ni a los niños se manda a los recados. El miedo se
ha llevado lo mejor que teníamos: la transmisión de canciones y juegos
populares, el sentimiento de identificación con el barrio, las
relaciones con otros niños, el aprendizaje de normas y valores desde
pequeños y, sobre todo, la libertad de ir, venir y jugar donde
diera la gana. ¡Malditos los monstruos que nos hacen sentir miedo! Ahora
los niños padecen obesidad y trastornos alimenticios, se les tacha de
egoístas y agresivos, en fin, complicados problemas. Pobres chiquillos
con teléfono móvil. Sólo perdura una cosa: la necesidad que tiene un
niño de jugar con otros niños. "¿Por qué no juegas?". "Es que Pili no me
ajunta". Pili: "Mentirosa, sí que te ajunto y te dejo 'primer'".
